La España de la que no se atreve a hablar Vox (ni ninguno de los demás)

Hay ejemplos que reflejan bien la situación de nuestro país por lo ilustrativos que resultan. Hay una España que va hacia abajo y es mucha más gente de la que creemos

Foto: Una reunión ministerial con las organizaciones agrarias. (EFE)
Una reunión ministerial con las organizaciones agrarias. (EFE)
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Hay bastante capital en el mercado internacional buscando buenas rentabilidades y España es todavía una opción para él. Hemos vendido mucho ya, pero todavía quedan posibilidades. Ya no es el Ibex (casi el 50% está en manos extranjeras) ni las firmas inmobiliarias, ni las empresas industriales atrapadas en la trampa de las malas inversiones, ni sectores estratégicos como el gas, sino compañías de menor tamaño que pueden ofrecer buenos beneficios. El ‘agrobusiness’ es uno de esos sectores. “No son operaciones gigantescas en volumen, pero están transformando el modelo de propiedad de muchas empresas tradicionales ligadas al campo español y propiciando procesos de consolidación”. La concentración, según confiesan algunos de quienes participan en estas compras, aún tiene recorrido. El 'buy, build & sell' —comprar, ganar tamaño y vender— es el esquema favorito del nuevo 'agroequity'.

Donde unos ven una oportunidad, otros constatan un grave problema. Este esquema de inversión tiene evidentes ribetes especulativos (a menudo este tipo de empresas se limita a mantener la propiedad durante el tiempo necesario para que esta suba, y esta fue una de las críticas más frecuentes al 'private equity') y tiende a empobrecer las empresas y a las poblaciones a medio plazo. En este caso, además, supone un desplazamiento hacia abajo, hacia sectores todavía no penetrados por las dinámicas de financiarización, concentración y control intenso en que la vida empresarial se ha convertido.

Un modelo de gestión

A menudo es difícil de entender que la llegada de capital acabe produciendo estos problemas, pero no olvidemos que el capitalismo realmente existente es antes que nada un proceso de gestión, que se extiende por todos los sectores y cuyo centro es maximizar los beneficios para los accionistas. Un ejemplo servirá para entender plenamente sus dimensiones.

Los agricultores soportan costes elevados, ya que se busca la calidad, pero los precios que se les pagan tienen una rentabilidad supervisada

COAG ha advertido en repetidas ocasiones acerca de estas dinámicas. Uno de sus sectores, el de la uva de mesa, es representativo de estos procesos, con zonas dominadas por muy pocas empresas cuya función principal es la comercialización. En este modelo, los agricultores tienen la propiedad de la tierra y asumen el riesgo productivo. Las empresas dominantes firman con ellos contratos de compraventa a largo plazo y reciben asesoramiento técnico, insumos productivos y permisos para plantar y producir. Las variedades del producto son muy relevantes, porque son propiedad de una firma, y si los agricultores quieren plantar una de esas variedades, deben adquirir participaciones de dicha firma, lo que es prácticamente imposible, o pagar un 'royalty' por hacerlo. Los costes suelen ser elevados, ya que se busca un producto de calidad, y los precios que se pagan al agricultor cubren esos costes, pero tienen una rentabilidad supervisada y muy limitada.

Asfixia financiera

Si su explotación no está diversificada, el agricultor queda en manos de la empresa integradora. Como advierte COAG, si esta quiere hacerse con sus tierras o sus derechos de agua, no tiene más que ajustar los precios de compra o elevar los costes de producción para ahogar financieramente al agricultor, que normalmente acabará cediendo a las presiones de venta. También puede ocurrir que las firmas integradoras alcancen suficiente producción propia y prescindan de estos agricultores, que se quedarían sin lugar para vender su producción, ya que no existen estructuras comerciales al margen de estos gigantes, además de padecer serias dificultades financieras en el desenganche de estas compañías.

Son dueños de la tierra, pero no controlan los procesos de cultivo, que les son impuestos, y corren con los riesgos de que la cosecha salga mal

La entrada de fondos de inversión en el sector, que es frecuente ya que permite crecer y satisfacer la necesidad de liquidez, también dirige hacia la especulación. Como aseguran desde COAG, estas firmas buscan un retorno económico en un plazo muy concreto y no tienen problemas en abandonar las empresas una vez logrado el objetivo.

Si sumamos todos los factores, el escenario es bastante difícil para los productores. Son dueños de la tierra, pero no controlan los procesos de cultivo, que les son impuestos, lo que plantan tampoco es suyo, están sujetos a control y corren con los riesgos de que la cosecha salga mal.

Ken Loach

Este modelo lo conocemos. Una reciente película de Ken Loach, ‘Sorry we missed you’, subrayaba sus consecuencias con el realismo y la emoción típicas de su cine. En ella, un trabajador adquiere una furgoneta de reparto y es contratado, como autónomo de la ‘gig economy’, en una empresa de reparto de paquetes. Es un emprendedor, dueño de su destino y señor de su tiempo, pero también está endeudado, debe correr con los riesgos típicos del oficio (accidentes, robos, bajas laborales), y está sometido a condiciones de empleo muy lesivas, que la empresa le fija. Nada de esto hubiera sido posible en el pasado reciente, porque la normativa laboral hubiera interpretado esta situación como típica del trabajo asalariado, pero ahora estamos en otro momento. La película, dramática, es muy recomendable para comprender qué tipo de sociedades y de familias se generan con estas condiciones, así como para entender vivamente las consecuencias de la desigualdad en Occidente.

La desaparición de las pequeñas tiendas no es solo fruto de su concentración en redes de distribución digitales, sino del cada vez mayor peso del capital

Este, sin embargo, es el modelo que permite el enriquecimiento de unas cuantas firmas. Constituye un modo de gestión a partir de la concentración en una parte del canal, que permite imponer condiciones a trabajadores, proveedores y empresas dependientes, y así generar mayores ingresos para estas firmas y menos para el resto. Lo hemos visto en los numerosos falsos autónomos, y está implantado en empresas de reparto de comida, de transporte urbano o de transporte internacional, entre otros muchos espacios. Es también el problema de buena parte de la agricultura y de la ganadería.

La economía española y la política

Este capitalismo de la distribución genera más beneficios para las grandes empresas mediadoras, pero perjudica a todos los demás participantes, en ingresos y condiciones de empleo. Los trabajadores vieron cómo se fragilizaban sus condiciones, los falsos autónomos proliferaron y después les llegó el turno a los pequeños empresarios. Muchos de ellos permanecen atrapados en una economía concentrada y están supeditados cada vez más a condiciones lesivas de funcionamiento que les dejan dudosas posibilidades de subsistencia. La desaparición de las pequeñas tiendas no es solo fruto de su concentración en redes de distribución digitales, sino del cada vez mayor peso del capital. Los bares son un buen ejemplo de este cambio.

Todo esto es parte de nuestra economía. Pero nadie lo tiene en consideración. Vox, cuando habla de la España interior, lo hace de los toros y de la bandera pero su programa económico favorece un escenario todavía más concentrado, con todos los riesgos que conlleva. La izquierda ignora este contexto y prefiere centrarse en la importancia de lo ecológico y en lo bueno que esiInternet para las empresas rurales. El PP dice defender a este tipo de gente, pero las medidas que promueven agravan sus problemas. Y así sucesivamente. Y mientras estas estructuras no cambien, la economía de las personas comunes no funcionará.

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