Cómo puede sobrevivir la UE en un mundo cada vez más anárquico
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Ramón González Férriz

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Cómo puede sobrevivir la UE en un mundo cada vez más anárquico

Aunque hablen de legalidad y principios morales, los países quieren seguridad y poder. Europa debe actuar de acuerdo con esa idea sin renunciar a sus valores

placeholder Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE)

Hasta hace no tanto, la Unión Europea operaba según una lógica idealista: no solo consideraba que sus valores y principios democráticos eran un camino seguro hacia la prosperidad, sino que con el tiempo todas las naciones de su alrededor —los antiguos países comunistas, incluida Rusia, los de mayorías musulmanas, incluida Turquía— se sentirían atraídos por esos valores y los adoptarían paulatinamente, aunque para ello fueran necesarias cierta ayuda y pedagogía. Suponía una mezcla de vanidad (mis ideas son las mejores) y generosidad (quiero que ti también te vaya bien).

Sin embargo, en la última década, las cosas han cambiado. Reino Unido quiso marcharse de la UE. Países como Ucrania viven en un conflicto constante entre los que desean sumarse al club europeo y los que no. Polonia y Hungría quieren pertenecer a él, pero sin tener que asumir esos valores y principios. Turquía ha desistido de ser candidata a nuevo miembro. Rusia no solo ha renunciado a acercarse a la UE, sino que considera que la debilidad es su valor paradigmático y la hipocresía su principio rector. Bielorrusia, que tonteó con alejarse de la influencia rusa y acercarse a la UE, ha dejado claro que no quiere, o no puede, asumir las reglas europeas.

Foto: Una manifestación en Polonia (Reuters)

Por supuesto, un club de países ricos sigue teniendo dinero, en muchos casos suficiente, para que otros que no tienen ningún interés en asumir el liberalismo democrático se plieguen a algunos de sus intereses a cambio de muchos euros, como es el caso de Turquía o Marruecos. Pero más allá de esto, hoy una parte relevante de la maquinaria política e ideológica de la UE vive completamente perpleja: ¿por qué de repente estamos rodeados de adversarios, cuando no de algo peor, si nosotros seguimos siendo esencialmente buenos?

Seamos realistas

En política exterior, la teoría del 'realismo' entró en decadencia tras el final de la Guerra Fría. Pero es interesante ahora que quienes exigen —con razón— que todo el mundo respete las reglas del multilateralismo parecen unos ingenuos o unos cínicos. Para la escuela realista, no existe un orden internacional como tal, sino que se trata básicamente de una anarquía. Todos los países intentan garantizar su seguridad en medio del desorden y, si pueden, aumentar su poder. Lo que les mueve no son los principios morales ni el respeto a la legalidad, sino sus propios intereses. No hay que llevarse las manos a la cabeza: esa es exactamente su naturaleza y es absurdo reclamar que se comporten de otro modo. Cuando las naciones más poderosas —Estados Unidos durante la Guerra Fría, hoy se le podrían sumar la UE y China— reclaman el respeto a las reglas que ellas mismas han impuesto, lo único que pretenden, piensa un realista, es fortalecer su posición de superioridad y poder, no extender la justicia.

Foto: Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea. (EFE)

Desde este punto de vista, pues, para un realista europeo el problema no sería tanto que el tirano de un país pequeño como Bielorrusia ordene el aterrizaje de un avión, sino que tenga la osadía de hacerlo con uno europeo y lleno de ciudadanos de la UE. La respuesta de la Unión Europea, pues, no debería servir para imponer una legalidad internacional que siempre es relativa, sino para recordar a los países de su entorno que es ella la entidad poderosa, rica, a la que hay que respetar e incluso temer.

Como dice el escritor estadounidense Louis Menand en su último libro, 'The Free World', la doctrina realista a veces produce perplejidad porque, de manera aparentemente contradictoria, “los países suelen justificar lo que ellos hacen y por qué se oponen a lo que hacen otros países en términos legales y morales”. En parte, dice Menand, lo hacen porque creen que, al apelar a grandes principios, ganarán apoyo popular en su país y respeto en el exterior. Pero hay algo peor: “Los países tienden a creerse las historias que se cuentan a sí mismos”.

Foto: La policía detiene al periodista opositor Roman Protasevich en una protesta en Minsk, en 2017. (EFE)

Durante décadas, Estados Unidos asumió con resignación esta posición realista, que siempre chocaba con una pregunta de los que sentían incomodidad por su crudeza: ¿se puede ser realista sin dejar de tener unos valores morales nítidos? Esa es la pregunta que debe hacerse la UE ahora: no si debe ser idealista o realista, sino hasta qué punto su realismo tiene presentes los valores morales. La respuesta debe ser que los tiene, y mucho. Los valores pluralistas, democráticos y de defensa del Estado de derecho de la UE, los rasgos que la han convertido en el mayor espacio liberal del mundo, deberían poder exportarse mínimamente y ser siempre las líneas fuertes de su actuación. Pero si bien el realismo como tal ya no es aplicable como lo fue durante la Guerra Fría, la UE necesita, si no una política, sí un estado mental en el que este predomine.

Foto: El presidente bielorruso, Alexander Lukashenko. (Reuters)

Se trata de una transición difícil. Para ser un actor realista en un mundo anárquico, resulta útil contar con siglos de historia nacional, una forma suave de nacionalismo cultural o un fuerte nacionalismo político, tecnología propia y un ejército. Pero la UE solo tiene algunas de esas cosas. Cosas que no es fácil construir en pocas décadas y en coordinación con Estados miembros que disponen de todas ellas.

Esta transición hacia cierto realismo significa asumir que vive rodeada de adversarios que piensan en términos básicamente realistas y que, como decía Menand, se creen las historias que se cuentan a sí mismos sobre la legitimidad de tener un área de influencia (Rusia), la justicia de querer recuperar su vieja grandeza (Turquía) o la lógica de querer ser recompensados por hacer un trabajo sucio para la UE (Marruecos). El avión de Bielorrusia ha sido el último recordatorio y la Unión Europea ha reaccionado mejor que en crisis pasadas. Pero debe ser consciente de que episodios así se van a repetir mientras sus adversarios, o sus reticentes socios, la perciban como una potencia que ama tanto las reglas como norma de funcionamiento interno —y así debe ser— que a veces olvida que sigue viviendo en mitad de la anarquía.

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