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Qué podemos aprender de la Guerra Fría para la crisis de Ucrania
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Ramón González Férriz

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Qué podemos aprender de la Guerra Fría para la crisis de Ucrania

Occidente no ganó la Guerra Fría bombardeando Moscú ni ninguno de sus satélites, sino mostrando una admirable contención y un hábil uso del diálogo honesto y la advertencia implacable

Foto: Vladimir Putin. (Reuters/Sputnik/Sergey Guneev)
Vladimir Putin. (Reuters/Sputnik/Sergey Guneev)
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¿Qué debería hacer Occidente ante las provocaciones de Rusia en Ucrania? ¿Seguir una línea dura, incluso belicosa, y no solo tratar de detener con amenazas de guerra los planes de Putin, sino financiar abiertamente a su oposición para intentar derrocarle? ¿O más bien hablar con Putin para contener sus ambiciones y ceder en dos o tres cuestiones que pueden satisfacerle y no son trascendentales para la Unión Europea y Estados Unidos? Como siempre, la historia puede ofrecernos unas cuantas lecciones.

Durante la Guerra Fría originaria, la que enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética y a sus respectivos satélites, en Occidente se produjeron tensiones constantes entre las palomas y los halcones.

Foto: El profesor Mark Galeotti, en la Plaza Roja de Moscú. (Foto cedida)

Las primeras consideraban que, pese a que el comunismo era el enemigo, resultaba mejor tender puentes con él y mantener conversaciones persistentes para impedir que, deliberadamente o por un error de cálculo, estallara una guerra. En 1969, Willy Brandt, el canciller de la Alemania Occidental, estableció relaciones con la Alemania Oriental porque creía, simplemente, que así podía contribuir más rápidamente a la caída ordenada de su gobierno, cosa que sucedió veinte años después. El papa Pablo VI vio en el diálogo con las autoridades comunistas una oportunidad para mejorar las condiciones de la Iglesia en países como Hungría y Polonia. En 1979, el presidente estadounidense Jimmy Carter firmó un tratado histórico con Leonid Brézhnev, secretario general del PCUS, para prohibir las pruebas nucleares en ambos países.

Los halcones más célebres fueron el trío que, durante los ochenta, gobernó Estados Unidos, Reino Unido y la Iglesia: Ronald Reagan, que llamó a la URSS el “Imperio del mal”; Margaret Thatcher, que fue muy escéptica con la idea de que los contactos entre ambos lados sirvieran de algo —y se negó, por ejemplo, a acudir al funeral de Brézhnev—; y Juan Pablo II, que contribuyó activamente a la organización y el triunfo de la oposición democrática en Polonia.

Foto: EC.

La realidad, por supuesto, fue más compleja: Carter endureció su postura ante la URSS después de que esta invadiera Afganistán, por ejemplo, y Reagan y Thatcher acabaron hablando y pactando con Gorbachov, con el que en cierto sentido llegaron a entablar una amistad. La mayoría de los actores políticos de la época sabían que a veces tenían que saltarse sus principios, pero las dos posturas estaban claras y provocaban enormes choques dentro de las democracias occidentales: los halcones acusaban a las palomas de ingenuos y débiles, cuando no de colaboracionistas con el comunismo; las palomas creían que la retórica de los halcones podía provocar no solo una guerra, sino hasta la destrucción nuclear mutua. Con frecuencia estas discusiones ocultaban un hecho más relevante, y más útil para la política actual: las palomas y los halcones podían ser exactamente igual de anticomunistas, pero tenían ideas distintas sobre la manera más viable de acabar con el comunismo.

Lecciones para el conflicto actual

Hoy, en la nueva escalada de choques con Rusia, con todas las diferencias —para empezar, tal vez sea precipitado hablar de una nueva guerra fría—, volvemos a tener palomas y halcones. El canciller alemán, Olaf Scholz, vuelve a ser de las primeras, y en cierto sentido también lo es Emmanuel Macron. Ambos creen, y con ellos la mayor parte de la UE, que no puedes dar completamente la espalda al gigantesco vecino del Este; que hay que contenerle mediante el diálogo y, seguramente, hacer algunas concesiones que pagaran los pobres ucranianos e imponer algunas sanciones que quizá tengan en el Kremlin menos efecto del esperado. Por su parte, vuelve la tradicional alianza de los halcones anglosajones: Boris Johnson y Joe Biden, con el apoyo de la OTAN, son quienes están exhibiendo una retórica más agresiva. Es sintomático, además, que en Estados Unidos, que tiene una política enormemente polarizada, los republicanos estén apoyando nítidamente a Biden e incluso le exijan más dureza con Rusia.

Foto: Una ceremonia en recuerdo de los caídos en Kiev. (Reuters/Valentyn Ogirenko)

Podría pensarse que se trata de un simple reparto de papeles; también, que las dos actitudes responden al viejo dicho de que los anglosajones son de Marte (el dios de la guerra) y los europeos de Venus (el del amor). Todos desprecian por igual a Putin, al que reconocen como un matón que ampara a una élite muy corrupta y distrae al país con aventuras imperialistas mientras es incapaz de reformar mínimamente una economía dependiente de los recursos naturales, pero lo cierto es que creen en estrategias distintas para contener el importante daño que puede hacer a sus vecinos más cercanos, y no tan cercanos. Y, naturalmente, tienen intereses parcialmente distintos.

¿Éxito o fracaso de Occidente?

En esta nueva crisis, además de las palomas y los halcones, se enfrentan dos análisis distintos. De acuerdo con el primero, Rusia está consiguiendo explotar las diferencias estratégicas entre los distintos países de la UE, y entre la UE y Estados Unidos; todo Occidente estaría bailando al son de Putin y evidenciando, más bien, que Occidente no existe, que es una suma de intereses incompatibles. Según el segundo, Putin ha conseguido algo único: que la OTAN vuelva a tener una función efectiva, que en Europa las disparidades nacionales queden razonablemente armonizadas bajo el paraguas de la UE y que incluso Alemania, el país más grande y poderoso del continente, y el más dependiente del gas ruso, se haya resignado a sumarse, poco a poco, al consenso de los demás.

Foto: Fotografía: Reuters/Kim Kyung-Hoon.

Mi interpretación es la segunda. Y mi postura, en este caso, la de una paloma que mira con simpatía a los halcones. El régimen de Putin es aborrecible y peligroso; es dudoso que quiera invadir Ucrania, pero es seguro que quiere impedir que ahí —y en otros países fronterizos— se asiente una democracia, además de desestabilizar las ya asentadas: este conflicto tiene tanto que ver con la expansión de los valores de la UE como con los de las armas de la OTAN. Pero hay algo que siempre deben recordar quienes detesten al líder ruso, sus ideas y sus ambiciones: Occidente no ganó la Guerra Fría bombardeando Moscú ni ninguno de sus satélites, sino mostrando una admirable contención y un hábil uso del diálogo honesto y la advertencia implacable.

La historia no se repite, pero rima. Y deberíamos aprender esa lección.

¿Qué debería hacer Occidente ante las provocaciones de Rusia en Ucrania? ¿Seguir una línea dura, incluso belicosa, y no solo tratar de detener con amenazas de guerra los planes de Putin, sino financiar abiertamente a su oposición para intentar derrocarle? ¿O más bien hablar con Putin para contener sus ambiciones y ceder en dos o tres cuestiones que pueden satisfacerle y no son trascendentales para la Unión Europea y Estados Unidos? Como siempre, la historia puede ofrecernos unas cuantas lecciones.

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