Es noticia
Menú
Pedro Sánchez, el káiser socialista
  1. España
  2. Matacán
Javier Caraballo

Matacán

Por

Pedro Sánchez, el káiser socialista

Con el káiser no hay nada asegurado salvo su demostrada capacidad de supervivencia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Mariscal)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE/Mariscal)
EC EXCLUSIVO Artículo solo para suscriptores

Pedro Sánchez ha abandonado el mundo terrenal de los mortales políticos y ha ascendido a otro nivel. Pedro Sánchez ya es un concepto. Se reinventa tantas veces, o lo pretende, que lo extraordinariamente complejo ahora es saber quién es exactamente. Cuáles son sus principios, su ideología, si existe o si se trata todo de una mera estrategia, cambiante según el signo de los tiempos. A veces se ha dicho aquí que, en el fenómeno de Pedro Sánchez, en el que objetivamente hay que admitir algunos logros notables si se contempla el personaje de forma desapasionada, sin un prejuicio de condena y descalificación, lo misterioso es si algunos de esos logros han sido conscientes o sobrevenidos. ¿Hay vida inteligente ahí en lo alto o es todo estrategia de supervivencia? ¿Es un verdadero líder político o un oportunista? A veces, se le puede imaginar como el remedo político de ese futbolista brasileño que se pasó una década en la élite del fútbol mundial sin haber jugado jamás un solo partido.

La historia, que hace unos años se llevó a un documental, ‘El mejor futbolista que nunca jugó un partido’, es impactante. Increíble o surrealista. Es la vida de Carlos Henrique Raposo, alias 'Káiser', 20 años de futbolista profesional sin saber jugar al fútbol. Era guapo, atractivo y con una extraordinaria habilidad para que ninguno de los equipos que lo ficharon en Brasil, en Francia o en Italia se percataran de lo esencial: era un estafador. “¿Cómo fue capaz de engañar a tanta gente sin que nadie se diera cuenta?”, se preguntan en los reportajes. Pues esa es justo la pregunta que nos lleva a Pedro Sánchez, contemplado como un káiser socialista.

Foto: Pedro Sánchez en el debate sobre el estado de la nación. (EFE/Chema Moya) Opinión

En el último cambio de guion, el experimentado durante el debate sobre el estado de la nación, Pedro Sánchez parece haberse plegado otra vez sobre sí mismo para volver a los orígenes que le hicieron conquistar el PSOE desde una radicalización ideológica de las posiciones socialistas. Reivindicó un Partido Socialista nítidamente de izquierdas, frente al aparato clásico, para frenar el ascenso fulgurante de Podemos. Y lo consiguió, se hizo con la secretaría general del PSOE y, a partir de ese momento, empezó a marcar distancias con la extrema izquierda. Los llamaba populistas y mostraba abiertamente su desconfianza, la intranquilidad de meterlos en un Gobierno de España. Hasta que lo hizo: firmó un Gobierno de coalición con Unidas Podemos, el primero de la democracia. ¿Primera contradicción? Sí, pero logró sus dos objetivos fundamentales, asentarse en la Moncloa como presidente del Gobierno y ahuyentar plenamente la amenaza de un sorpaso en la izquierda.

Por esa razón, en octubre del año pasado, muchos celebraron como una jugada inteligente que el secretario general de los socialistas organizara un congreso federal para devolverle al PSOE su identidad de partido socialdemócrata. Una vez vencido y controlado Podemos, los socialistas podían volver al espacio abierto del centro izquierda, que es donde se cosechan las mayorías amplias para gobernar. Algunas de las crónicas de los periódicos más cercanos lo celebraron como un final de etapa: “El sanchismo ya no existe; existe el PSOE de siempre”. Aquí mismo, se interpretó en ese sentido: “El Partido Socialista ha regresado a su esencia y a su estética, a su aire clásico, del puño y la rosa”. Y el propio Pedro Sánchez lo proclamó desde el atril, como si estuviese firmando un pacto de fidelidad ante Felipe González: “La socialdemocracia goza de una salud de hierro”.

Foto: La portavoz parlamentaria del PP, Cuca Gamarra. (EFE/Kiko Huesca) Opinión

Aunque parezca mentira, no han pasado 10 meses desde aquella promesa de regreso a la socialdemocracia. La comunicación y la empatía política con Felipe González no es que se hayan roto de nuevo, es que han tomado forma de puñalada trapera al meter, de nuevo, en el debate político el oscuro tiempo de los GAL de la mano de Bildu. La coincidencia general, unánime, es que Pedro Sánchez ha vuelto a girar hacia la izquierda, hacia Podemos, para garantizarse un fin de legislatura con menos sobresaltos parlamentarios. La lucha contra los “poderes oscuros” y las conspiraciones se convierten en el eje del discurso. A Pablo Echenique, de Podemos, le gusta el nuevo Pedro Sánchez; Íñigo Errejón, de Más País, aplaude el cambio; la portavoz de Bildu celebra que se pueda abrir “una nueva fase histórica” que acabe con la Transición democrática, y hasta el caricaturesco Gabriel Rufián lo recibe con sorna: “Enhorabuena, hoy se ha levantado usted de izquierdas”. La sombra de Pablo Iglesias Turrión se frota las manos y el fantasma de Pablo Iglesias Posse se retuerce.

Sánchez defiende la inversión pública en su respuesta a la crisis

Este nuevo cambio de estrategia, la ‘podemización’ del PSOE, como lo llaman, tiene como objetivo reactivar el pulso electoral perdido. Otra vez se trata de recuperar al PSOE ocupando el espacio electoral de Podemos, aunque el tiempo político no es el mismo y ya sabemos cómo acaban los procesos de mimetización en política, con el original reafirmado y la copia destrozada. Eso, además de que el grave problema, o riesgo, al menos aparente, que tiene este regreso al primero de todos los ‘pedrosánchez’ es que mientras que, hace cinco años, el giro a la izquierda estaba justificado por el acoso de Podemos, en este momento el problema del PSOE es justo el contrario: los votos no se le van hacia la izquierda, sino hacia la derecha. Con lo cual, parece absurdo propiciar un giro de izquierda, asumiendo propuestas, planteamientos y discursos de Podemos, cuando la sangría de votos ya no se produce hacia la extrema izquierda sino hacia el centro.

En todo caso, es probable que esta reafirmación de izquierda, otra vez lejos de la socialdemocracia, pueda afianzar y reafirmar el apoyo de los que ya están convencidos, y simplemente estaban desanimados, faltos de adrenalina política socialista, pero no va a conseguir que aquellos que se han ido hacia el centro derecha vayan a volver. Según el propio CIS, en las últimas elecciones andaluzas 150.000 votantes del PSOE se fugaron para votar al Partido Popular. ¿Van a volver porque ahora Pedro Sánchez se parezca más a Podemos? No parece lógico, pero en todo caso, como con el káiser no hay nada asegurado, salvo su demostrada capacidad de supervivencia, que nadie dé por sentado que las reconversiones estratégicas de este hombre han acabado.

Pedro Sánchez ha abandonado el mundo terrenal de los mortales políticos y ha ascendido a otro nivel. Pedro Sánchez ya es un concepto. Se reinventa tantas veces, o lo pretende, que lo extraordinariamente complejo ahora es saber quién es exactamente. Cuáles son sus principios, su ideología, si existe o si se trata todo de una mera estrategia, cambiante según el signo de los tiempos. A veces se ha dicho aquí que, en el fenómeno de Pedro Sánchez, en el que objetivamente hay que admitir algunos logros notables si se contempla el personaje de forma desapasionada, sin un prejuicio de condena y descalificación, lo misterioso es si algunos de esos logros han sido conscientes o sobrevenidos. ¿Hay vida inteligente ahí en lo alto o es todo estrategia de supervivencia? ¿Es un verdadero líder político o un oportunista? A veces, se le puede imaginar como el remedo político de ese futbolista brasileño que se pasó una década en la élite del fútbol mundial sin haber jugado jamás un solo partido.

Pedro Sánchez
El redactor recomienda