Cataluña: lo que hay que hacer es ponerse a repartir ya

Hace falta una equidistancia real, esa que subraye la ineficacia, la fantasía y la ineptitud de los principales actores del 'procés'. Y sin excusas partidistas

Foto: Manifestantes cortan las vías del AVE el pasado miércoles. (EFE)
Manifestantes cortan las vías del AVE el pasado miércoles. (EFE)

Hace falta más equidistancia. El término se ha utilizado en tono despectivo en el problema catalán para señalar a los que no quieren posicionarse y se sitúan en un angelical espacio intermedio, en general con el objetivo de incitar a las partes al diálogo y al entendimiento. No es mi postura. No es el momento de que hablen (algo que, por otra parte, llevarán a cabo en un momento u otro, dentro de dos meses, un año o dos). No, lo que hace falta es una equidistancia que se ponga a repartir responsabilidades a dos interlocutores que han optado por la huida hacia adelante y que nos están causando un gran problema.

Empezando por el principio, lo de Cataluña ha sido una sinrazón continua desde el lado independentista. Han forzado la legalidad estatal de todas las maneras posibles sabiendo que al final del camino no había nada. Este punto es importante: no es igual pelear por un objetivo creyendo que es factible que siendo conscientes de que al final se quedarán con las manos vacías. La independencia catalana no era posible porque carecían de los resortes necesarios (económicos, territoriales, internacionales, financieros e incluso de aceptación de su población) para llevarla a término. Todo era humo, pero eso no les ha impedido seguir acelerando.

Creían que la única manera de que creciese el independentismo era que la respuesta del Gobierno fuese excesiva. La provocaron y lo consiguieron

Todos los pasos que se han dado desde el Govern no han sido para ganar la pelea, sino para provocar al Gobierno, esperando que se excediera y que esas equivocaciones les dieran más votantes y más apoyos exteriores. Incluso en el momento en el que la negociación con Puigdemont para evitar la DUI y convocar elecciones parecía próximo, Esquerra apretó todas las tuercas posibles para impedir el acuerdo. Querían que la tensión creciese, aunque fuera a costa de generar un conflicto más enredado. Dado que entendían que la única manera de que el soberanismo aumentase su aceptación era que la respuesta de Rajoy fuera torpe, se han dedicado a esa tarea. Y con cierto éxito, todo hay que decirlo.

La otra parte

Pero el lado institucional tampoco ha estado acertado, ni mucho menos. Dejando de lado la grave inacción de años anteriores, lo del 1-O fue un enorme error por parte del Gobierno. Creían (en serio) que no iba a haber referéndum, que no habría urnas ni papeletas, que los colegios no se abrirían y que con la ayuda de los Mossos lograrían desalentar a los soberanistas, que acabarían votando en los parques en urnas de papel. Esa ceguera ante la realidad es el punto de partida que desencadenó todos los acontecimientos posteriores. Que, por supuesto, acabaron en el refuerzo del independentismo, en Cataluña y en el exterior.

Todas las medidas que ha tomado el PP fueron en la dirección de excitar al soberanismo. Les viene bien, son rivales que se refuerzan

Después la reacción no ha sido mucho mejor. Tras la manifestación del 8-O, el escenario cambió lo suficiente como para trazar una nueva hoja de ruta que concluyese en unas elecciones en las que el bloque españolista fuese más fuerte. Lo que tenían que hacer era reducir el apoyo popular independentista hasta dejarlo por debajo del 40%, lo que tampoco era una meta tan complicada, ya que los soberanistas se habían embarcado en una aventura irreal que tarde o temprano causaría decepción entre sus filas y mucha irritación en el resto de la gente. Pero el PP ignoró esta posibilidad, y todo lo que hizo desde entonces fue en la dirección de excitar al soberanismo. Una prueba de esta actitud poco inteligente es que la figura pública que salió reforzada de aquellos días fue Borrell. Incluso Paco Frutos. Y Arrimadas creciendo en intención de voto. Y nadie de los populares.

La respuesta soberanista

Tras la única acción brillante del PP, el acierto de ordenar la aplicación del art. 155 y de convocar elecciones en apenas dos meses, las cosas no han mejorado. El soberanismo ha emprendido una huida hacia adelante trufada de escenas de vodevil pero la han compatibilizado de manera sorprendente con la aceptación de las elecciones, a las que concurrirán por separado. Ya no hablan de la independencia, porque eso supondría poner el foco en las fantasías que han contado, sino de la necesidad de recuperar la democracia, de devolver la palabra a la gente, de la represión y del régimen del 78, tomando el discurso de Podemos. En definitiva, se trata de hacer visible que el problema es la caspa española, que está a prueba de champús, a ver si así llegan lo mejor posible a los comicios, donde ERC espera obtener la Generalitat. Pero incluso ahora, cuando llega la hora de la verdad, no abandonan su mundo paralelo, y creen que la escalada les va a dar réditos.

Da la sensación de que el apoyo a la manifestación del 8-O y el resurgir de la bandera española hizo pensar al PP que tenía las manos libres

En el lado constitucionalista las cosas no han ido mucho mejor. Que el PP haya utilizado a Pablo Casado y a Rafa Hernando para trasladar sus mensajes, que hayan sugerido que el 155 debería ser aplicado en otros casos o que hayan realizado declaraciones en las que podrían rivalizar con Vox no es la mejor manera de avanzar en este problema. Da la sensación de que el apoyo a la manifestación del 8-O, el resurgir de la bandera española en Cataluña y en España, el consenso que generó la convocatoria de elecciones y que Ciudadanos esté ganándoles votos por la derecha ha hecho pensar al PP que era su momento y que tenían las manos libres para hacer lo que quisieran. En ese contexto, el apoyo de la fiscalía a la prisión del Govern y el auto jurídicamente traído por los pelos de la jueza Lamela han perjudicado bastante, porque han conseguido que los soberanistas no pierdan uno solo de los apoyos que se habían dejado en el camino tras desilusionar a sus electores. Pero el PP ha venido a darles alas, como viene siendo recurrente, de modo que tendremos un 22-D complicado. Para rematar, intervienen al Ayuntamiento de Madrid por discrepancias en la interpretación de las normas justo el día en que el inspector jefe de la UDEF, Manuel Marocho, declaraba ante el Congreso que M. Rajoy es indiciariamente Mariano Rajoy y que estaba cobrando en B de Bárcenas. Lo cual hace pensar, también indiciariamente, que se están moviendo solo en términos tácticos y en beneficio propio.

¿Quién sale ganando?

Lo usual en este proceso es que cada una de las partes enfrentadas tendiese a disculpar las ineptitudes y ocurrencias de los suyos al mismo tiempo que arremetía contra los otros y contra los del medio. Pero estas son estrategias que se convienen y se refuerzan: la crispación aumenta, las posturas se hacen más extremas y quienes las instigan acaban sacando partido.

El Gobierno está gestionando con las entrañas y no con el cerebro y los soberanistas viven en la fantasía. Así nos va

Por eso, hay que ser equidistante a la hora de repartir. A cada uno lo que se merece. Porque lo que el 'procés' está demostrando es la enorme irracionalidad en la que estamos instalados. Y no puede servir, para disculpar a los nuestros, que mantengan las posturas de fondo que podemos defender. Entiendo que la independencia catalana no es posible ni deseable, que carece de razones que la justifiquen y que además no puede ser defendida desde la izquierda; pero eso no impide que constate los numerosos errores que se han cometido desde el lado constitucionalista a la hora de gestionar un problema real y de enfrentarse a él y los efectos negativos para nuestra sociedad a los que abocan.

Estamos instalados en la torpeza y en el tacticismo. El Gobierno está gestionando la crisis catalana más con las entrañas que con el cerebro y muestra unas deficiencias analíticas muy profundas. Mientras tanto, el bloque independentista vive en un mundo de fantasía, ese en el que basta con desear las cosas para que ocurran. Pero es esta gente la que dirige nuestro futuro, y quizá sea hora de decirles que ya está bien, que hay que volver a la senda de la realidad, que hay que arreglar esto aunque ellos no ganen votos. Que lo que está en juego es muy importante. Y que si no sirven, que se vayan.

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