¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?

Vivimos en una época en la que los hechos son cada vez más irrelevantes. En la cual, un mismo hecho puede ser interpretado de maneras opuestas dependiendo del interés del que hace la lectura

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Como en otras muchas cosas Marx, el gracioso, anticipó también la deriva actual del comportamiento humano. En una de las escenas de Sopa de Ganso, un impostado Groucho es sorprendido por una dama en una situación de cama comprometida y, ante la evidencia de lo que estaba pasando, le espeta la famosa frase: “¿A quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”.

Estamos viviendo una época en la que los hechos son cada vez más irrelevantes. En la cual, además, un mismo hecho puede ser interpretado de maneras opuestas dependiendo del interés del que hace la lectura. O, incluso, en la que no pasa nada por inventarse un dato, porque, una vez conseguido el efecto emocional adecuado, la demostración de la falsedad será irrelevante.

La clave está en la narrativa y como narrativas hay muchas, hay que buscar un sistema para preferir unas sobre otras. Hasta ahora, y sobre todo a partir de la Ilustración, se había preferido utilizar el método científico, esto es, preferir aquella interpretación que corresponda o explique mejor la realidad. Pero en los últimos años, esto ya no es así. Si un grupo cuenta con mayoría “suficiente”, las cosas serán como ellos decidan. Y sí, lo de suficiente también se ha devaluado un poco. La sabia experiencia nos recomendaba, hasta ahora, que para tomar determinadas decisiones excepcionales se necesitaran mayorías más amplias que la peligrosa e imperfecta simplicidad de la mitad más uno de los que votan.

Además, parecería lógico pensar que hay cosas sobre las que se puede y se debe votar y otras, sobre las que hacerlo no es bueno ni malo, sino simplemente absurdo. Pues bien, esto ya no es así. Vamos a tratar de entender por qué.

Parecería lógico pensar que hay cosas sobre las que se puede y se debe votar y otras, sobre las que hacerlo no es bueno ni malo, sino simplemente absurdo

El otro día me contaron (y siendo consistente con la idea de este post me parece irrelevante chequearlo) que durante una discusión en un programa de televisión (valga también la redundancia) alguien al ser preguntado dijo que la capital de Italia era Venecia y al rectificarle y decirle que no, que era Roma, la respuesta fue: “Bueno, eso será tu opinión. Yo tengo la mía”.

Y lo malo es que, probablemente, tenga razón. Si esta persona consiguiera reunir, gracias al avance de las tecnologías, a un número suficientemente relevante de gente que estuviera de acuerdo con ella, se convertiría en una minoría a la que habría que respetar e incluso dar algún derecho especial para compensarles tener que estar todo el tiempo soportando que se les imponga otro punto de vista e, incluso (muchos tenéis hijos en edad escolar), se les obligue a sufrir el desequilibrio emocional que supone un suspenso.

Una mayoría “suficiente”, obtenida en el ámbito del colectivo adecuado, para muchos tiene capacidades éticas, jurídicas, lógicas, económicas e, incluso, físicas.

La ley de la gravedad se sigue respetando porque, a pesar de sus muchos detractores y de aquellos que piensan que es una imposición injusta, entre los que me incluyo, los que no tienen cuidado en respetarla duran poco tiempo en este mundo. Por aclarar, mi queja es solo de matiz. Qué poco hubiera costado haber hecho una constante de atracción un 10% menos fuerte, de forma que yo, ahora mismo, no tuviera que preocuparme por mi peso.

¿Qué es la verdad? Ya hemos pasado por esto. Los pragmatistas estadounidenses Charles Peirce y William James a finales del siglo XIX pensaron que se debe considerar verdad simplemente a aquello que funciona: “Aquello sobre lo que un hombre (hoy ser humano) está dispuesto a actuar”.

Por eso, en política hemos oído desde hace tiempo que es más importante que algo sea verosímil (pueda ser creído) a que sea verdadero (sea esto lo que sea). Si es complicada de entender o difícil de asumir, la verdad se convierte en un problema.

'Discovering Markets Hypothesis'

Respecto al comportamiento de los mercados financieros, dos profesores del Instituto Flossbach von Storch, Marius Kleinheyer y Thomas Mayer, acaban de proponer una teoría interesante, que encajaría muy bien con lo comentado hasta aquí.

Parten de la enmienda que el profesor Andrew Lo hace de la Teoría de los Mercados Eficientes (la clásica) con su Teoría de los Mercados Adaptativos. Al final, lo que plantean es que entre unos mercados fuertemente influidos por la emoción y, por tanto, torpes a la hora de interpretar los datos y la idea de unos mercados siempre racionales que hacen siempre una lectura perfecta de los datos, lo relevante no es fijarse en los datos. Lo importante, y no me dirán que no es fantástico, lo importante, dicen (y creo que no van descaminados), son las narrativas.

[Salvar la democracia liberal]

No son los datos, es la interpretación subjetiva que hacemos de los datos lo que es verdaderamente relevante. Pero los precios también son datos, de manera que la interpretación que hagamos de los precios también va a influir en los propios precios en un bucle infinito. Es difícil no ver aquí implícita la sabiduría de Borges y también de José Antonio Marina. Lo verdaderamente relevante de la economía es “lo que pensemos de la economía”.

A alguien le puede parecer mal este planteamiento. Tantos años de estudios y de másteres puestos en la picota. Pero, ¿cómo se lucha contra la realidad?

La teoría monetaria moderna

Los estadounidenses, que van por delante en casi todo, pretenden hacerlo votándolo en el Congreso. Cinco senadores republicanos han propiciado una votación para que el Congreso estadounidense vote en contra de la Modern Monetary Theory (Teoría monetaria moderna).

Esta propuesta heterodoxa, que lleva muchos años existiendo, propugna un nuevo entendimiento de lo que es el dinero y la deuda pública y está cobrando cada vez más relevancia en la medida en que las recetas clásicas no están funcionando muy bien en los últimos años.

Quédense con el acrónimo (MMT) porque lo van a escuchar muchas veces en los próximos meses. Lo que me interesa aquí no es tanto la viabilidad o no de la teoría (que me comprometo a analizar en algún post futuro), sino el procedimiento propuesto para su invalidación. En el caso de Galileo, sus fiscales apelaban a la inteligencia de un ser superior con el que se trataba de conectar por medio de algún tipo de mediación. Ahora que los dioses somos nosotros, lo votamos y ya está. No me digan que no es una suerte vivir en los tiempos que estamos viviendo.

Pero, ya puestos, propongo ir un poco más allá. Si la verdad es ya lo que nos dé la gana, y el dinero dentro de poco tiempo, también, por qué no vamos también a por el tiempo, el último gran tirano. Y yo me ofrezco a empezar por mí mismo.

Hace poco un alemán se hizo famoso por pedir que le sumaran veinte años a la fecha de nacimiento de su DNI porque se sentía discriminado. Él se sentía veinte años más joven y le parecía mal que si otros eran libres para elegir su género independientemente de su sexo, él no pudiera decidir sobre su edad independientemente de los años que hubiera vivido.

Está bien planteado y yo, desde luego, apoyaría la pretensión de este ciudadano, pero se me ocurre una formula mejor, que, además, dejaría a todo el mundo feliz.

Hagamos años de dieciocho meses. Haga la prueba. Multiplique su edad por doce y divídala por dieciocho. ¿No firmaría ahora mismo?

Desnudo de certezas
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