Lo que más me gusta de ser español
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Juan Soto Ivars

España is not Spain

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Lo que más me gusta de ser español

Que España sea tan relajada con los carnés de patriota podría ser mi única razón para convertirme en uno

Foto: Patrulla Águila pinta la bandera española en el cielo de Sevilla por la feria. (EFE)
Patrulla Águila pinta la bandera española en el cielo de Sevilla por la feria. (EFE)

Cavilaba el último día de la Hispanidad que lo que más me gusta de ser español es que aquí ninguna autoridad o situación te obliga a ser patriota. No ocurre lo mismo en todos los países. Los hay donde no tienes más remedio que decir que respetas tu bandera y aprenderte el himno por si empieza a sonar en cualquier parte, por ejemplo en un estadio, no vayas a quedarte tú con cara de idiota mientras 200.000 personas tararean con cara de soldado muerto. Hay países donde, de hecho, es obligatorio cantar el himno en las escuelas. Que España sea tan relajada con los carnés de patriota podría ser mi única razón para convertirme en uno.

Con el mundial y con la aprobación del matrimonio gay (dos campeonatos que ganó España), anduve cerca. Por suerte, llegó 2017 con su sobredosis de banderas. La vacuna inocula el virus desactivado y genera respuesta inmune, y esto es lo que me pasó aquel año. Si había algún conato de nacionalismo o patriotismo en mí, desapareció en esa fecha extenuante. El mérito fue de Puigdemont, que rompió la probeta y desparramó las pasiones banderiles por toda España. Resultó que la pasión catalana y la pasión española se distinguían poco. De ese líquido gástrico se alimentó Abascal, que ahora va por las provincias diciendo quién es buen y mal español, como hace Puigdemont con los catalanes.

Me gusta ser español si nadie me obliga a levantar el puño, o a agitar el brazo

A mí me gusta ser español precisamente por la pereza que me dan Abascales y Puigdemones, sin darme cuenta, hojeando a Carandell para reflejarme en lo castizo, leyendo a Olmos para reflejarme en lo cutre, mirando a Berlanga para reflejarme en el esperpento interminable, abanicado por los molinos de viento, o por el último de Sergio del Molino. Me gusta ser español si nadie me obliga a levantar el puño, o a agitar el brazo: sin hacer nada. La verdad, no hay demasiados países donde no hacer nada te convierta en aborigen ejemplar, pero aquí sí. Españoliza más echarse la siesta que pegar voces en un mitin de Vox.

Mirar perder los papeles a patriotas es mi brújula. Ejemplo: vi en Barcelona, el 12 de octubre, una manifestación bajando por las Ramblas camino de la estatua de Colón. Protestaban contra la Hispanidad y contra España, así que supe rápidamente que eran todos patriotas. ¿De qué? De algo. Me acerqué a curiosear y no hubo sorpresa: banderas. Las había andinas, bolivianas, aztecas, y también un montón de esteladas. ¿Qué os decía? No hay patriota que no haga esfuerzos por desmerecer la patria de otro, y por eso Pablo Iglesias se puso palote cuando creyó ver en el cielo una bandera republicana sobre el rey Felipe VI. Porque si de algo está llena España, para nuestra desgracia, es de patriotas que se creen otra cosa.

El caso de Iglesias, patriota de una España con ribete morado, es, como el caso del patriota Abascal o el del patriota Puigdemont, prueba de que los patriotas suelen serlo solo de una parte, de una visión o facción de la patria. Así, en vez de unificar, separan y parten los países, ya sea por asuntos territoriales o por pedigrí ideológico, y valoran a los demás como buenos o malos nativos según el grado de parecido que guarden con ellos mismos. Somos justamente los otros, los despatriotizados entre tanto patriota, quienes consideramos tan "nuestro" al falangista Rafael García Serrano que le gusta a Abascal como al rojo Alberti que le gusta a Iglesias o al catalán Calders que le gusta a Puigdemont. Sin el mito de las Españas al portador todo es nuestro, hasta Kátia Guerreiro, que es portuguesa.

En esta manifestación del 12 de octubre que os decía, por cierto, me quedé pensando también otra cosa: que hoy se puede ser patriota de tantas banderas nuevas que pronto no serán necesarios ni los países. Puede uno serlo de las comunidades autónomas, de las provincias, de las ciudades, del género, de la orientación sexual, de la ideología, de las lenguas muertas y hasta de la raza, ese concepto tan decimonónico como la nación. Incluso hay patriotas de sí mismos y de nadie más, egopatriotas, diremos, ¡el peligro de los que vamos por libre! Porque es habitual que uno huya de una Itaca y acabe, sin darse cuenta, embarrado en otra.

Y pensaba también algo más, en la manifestación, digo: que a España le ha ido muy bien sin patriotas durante los últimos 40 años. Aquí hemos prosperado más gracias a la Unión Europea que a los planes de estabilización y los pantanos. Los políticos y empresarios que nos convirtieron en país desarrollado eran expertos en evadir fortunas a terceros países, así que lo último que podrías llamarles es patriotas, pero cuánto bien hicieron a la patria. ¡Qué auditorios, qué carreteras, qué elecciones democráticas! De hecho, en España los patriotas proliferan cuando se acaba el dinero, en los momentos de pánico y agonía, en las crisis graves: salieron en 1898, en 1931, en 2021... Mala señal el patriota en España, como el grajo que vuela bajo.

Foto: Pintadas contra el Día de la Hispanidad en la estatua de Isabel la Católica y Colón ubicada en Granada. (EFE)

En fin. Samuel Johnson dijo que el patriotismo es el refugio de los canallas. La frase se ha utilizado mucho, Juan Bas sacó de ahí una novela excelente, pero no es ningún refugio, ¡al contrario! Si el patriotismo fuera un refugio podríamos pasar por encima, distraídamente, silbando, sin que un tipo con la cara pintada a lo Braveheart empezara a pegarnos gritos en la oreja con un mástil en cada mano o peor, una vuvuzela. Viendo a los trepas que consiguen hacerse famosos a banderazos, diría más bien que el patriotismo es el trampolín de los canallas.

Y ya digo, me da igual qué bandera les pongas en las manos, de qué color sea el ardor patriótico de estómago, que decía Calleja. Alguien que cree que la tierra en la que nació es mejor que la tierra en la que nacieron los patriotas extranjeros tiende a estar equivocado, porque solo podría acertar uno, y dudo mucho que sea el caso. La prueba de que el patriotismo es un poco gratuito es que también hay patriotas en Somalia, tan apasionados como los de aquí, tan henchidos de orgullo, tan campanudos. Pero el problema no es España, ni Moldavia, ni siquiera Somalia. El problema es el corazón: el mayor canalla. Quien se casó con un engendro dijo en algún momento "sí quiero".

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