Por qué a Vox le va a ir bien en estas elecciones (después no)

La irrupción del partido de Abascal, que beneficia lateralmente al PSOE, está cambiando la política española. Es posible que tenga un gran resultado. A medio plazo será otra cosa

Foto: Santiago Abascal, durante un acto en Córdoba. (EFE)
Santiago Abascal, durante un acto en Córdoba. (EFE)

Todo esto, el giro de Europa hacia la extrema derecha, los partidos sistémicos conservadores que adoptan posturas radicales, la aparición de nuevas formaciones, en fin, el nuevo panorama político electoral en el que estamos sumidos, tiene varias causas y la mayoría de ellas no son tan recientes como nos parece. En un mundo de memoria frágil, en el que los hechos se olvidan rápidamente y todo parece ocurrir en el instante, conviene recordar que las cosas no surgen de la nada.

Hay una primera causa de la que se habla a menudo, pero como de pasada, como si fuera un problema eventual, producto de una crisis que algún día se superará. Sin embargo, y dado que eso que denominamos eufemísticamente desigualdad no es más que la consecuencia de un giro del sistema hacia las necesidades del capital financiero y del desarrollo de las tecnológicas, el descenso en el nivel de vida se hará más profundo en tiempos venideros, y con él nuestro descontento.

Los superlativos

A la par que las clases medias se fragilizaban y las trabajadoras se empobrecían, la sociedad ha ido encrespándose políticamente y los debates han adoptado un tono demasiado polarizado, a menudo por los temas equivocados, es decir, por aquellos asuntos que no están en el centro de las causas. El caso español es muy representativo: todo aquello que comenzó con el giro aznarista hacia el regazo de Bush Jr., el TDT Party, las tramas ocultas del 11-M y la polarización de los medios, se ha concretado ahora en un terreno todavía más hostil, con la propaganda en redes y WhatsApp. Y dado que los partidos parecen estar en campaña permanente, las declaraciones altisonantes, las exageraciones y los superlativos se han convertido en lugar común en el entorno político, y más todavía en época electoral.

Muchos ciudadanos han perdido la fe en las ideas y depositan la papeleta en la urna para evitar la llegada de un mal mayor, no por convicción

En ese ambiente, ayudada por los numerosos casos de corrupción, ha crecido la sensación de que las instituciones son inoperantes y de que los políticos solo trabajan para sí mismos, de que la democracia no funciona, es defectuosa o está pervertida, de modo que parte de la población se ha alejado de la política y otra mantiene con ella una relación ambivalente, cuando no de pura resignación.

Ya no creen en nada

La consecuencia de este alejamiento es doble. En un sentido, y en las campañas recientes se ha hecho especialmente palpable, muchos ciudadanos han perdido la fe en las ideas y en las ideologías, y se acercan al voto de modo preventivo, depositando la papeleta en la urna para evitar males mayores, no por convicción. Votan a la contra, para impedir que gane un partido que odian en lugar de para apoyar a la formación en la que creen, porque ya no creen en ninguna.

Mucho voto de PP y de Cs se desplazará hacia Vox: es la forma de sus simpatizantes de decir al sistema "ya basta", "hasta aquí hemos llegado"

En segunda instancia, y esto es una tendencia en aumento, hay parte de la población que se ha cansado de la política, que lo único que quiere es que se dejen de palabrería y de historias y que arreglen los problemas. En ese contexto, los líderes fuertes, los dirigentes que tienden a culpar a las instituciones democráticas de las disfunciones y que suelen ponerlas en cuestión, estilo Trump, Putin, Netanyahu o Salvini, ganan legitimidad y aceptación social.

“Que alguien tome las riendas”

En todo este ambiente se ha desenvuelto la política española, que comparte muchas semejanzas con la de Occidente, y ese es un ambiente favorable para Vox. A los de Abascal les irá bien en las elecciones generales porque representan la síntesis de varios de estos elementos. Mucho voto de PP y de Ciudadanos se desplazará hacia ellos, porque es la forma de sus simpatizantes de decir “ya basta”, “hasta aquí hemos llegado”, o “queremos que alguien tome las riendas de una vez”. Vox se nutre de la desconfianza antipolítica, de una necesidad de acción fuerte y firme, de la polarización y de la promesa de que los resultados llegarán cuando alguien decida pasar por encima de la cobarde corrección reinante.

Como domina la sensación de que nadie hace nada de verdad, cuando alguien irrumpe con decisión y determinación, se granjea muchas simpatías

Este mensaje tiene recorrido en una sociedad que piensa que el futuro será peor que el presente, que recela de las novedades que nos esperan y que percibe que las instituciones son cada vez más frágiles. Como domina la sensación de que nadie hace nada de verdad, cuando alguien irrumpe con decisión y determinación, al menos en el tono, y les promete fortaleza, es previsible que se granjee simpatías.

El robo de votos

Esa es la principal oferta de Vox. Y dado que su mensaje se inscribe claramente en la derecha, con su mezcla de cultura religiosa y neoliberalismo, robará muchos votos a los partidos de su estrato, canalizará cierto descontento que se había sumido en la abstención, animará a algunos sectores que confiarán de verdad en ellos y conseguirá un buen resultado en estas elecciones. Y probablemente mejor del que se espera, y probablemente mejor que el de Ciudadanos y Podemos. Porque los nuevos partidos ya han envejecido y porque los tiempos favorecen a los de Abascal, como ha ocurrido con otras extremas derechas occidentales.

Vox tiene muchas papeletas para desinflarse después, en parte porque comparte las fragilidades que Podemos ha mostrado

Otra cosa será su recorrido a medio plazo, la supervivencia tras la efervescencia. En ese terreno Vox tiene muchas papeletas para desinflarse, en parte porque comparte las fragilidades que Podemos ha mostrado: carecen de la fortaleza que dan la implantación en los territorios y el músculo local, dependen en exceso de sus líderes y apenas cuentan con cuadros formados y sólidos; muchos aventureros han dado el salto a sus filas, y no siempre son los que mejor le vienen al partido; buena parte de su ascenso se basa en la novedad y en el tono mucho más que en sus ideas, ya que están vendiendo por otros caminos una ideología ya conocida; y sus propuestas concretas, como bajar los impuestos y acabar con las autonomías, suenan bastante irreales. Por todo ello, parece que su principal papel será influir al partido dominante en su estrato electoral más que el de aspirar a ganar unas elecciones. Al igual que Podemos necesitaba acabar con el PSOE para ser opción real de gobierno, Vox debería sobrepasar al PP para tener recorrido real, y los populares cuentan todavía con bastante músculo territorial. En poco tiempo, los tendrán enfrente.

La bendición a Sánchez

En este escenario, la irrupción de Vox viene mal a todos los partidos, salvo a Sánchez, porque le granjea no solo más simpatías, sino una mayor legitimidad. Frente a posibles votantes indecisos, frente a unas élites europeas que empiezan a ser conscientes de que las posturas duras pueden causar que el problema catalán empeore y que desean que España se centre en hacer reformas y frente a unas élites españolas que quieren algo de estabilidad política y que apoyarán al partido que mejor la garantice. Si la victoria de Sánchez es amplia, no dudarán en brindarle su bendición, algo que ya ha comenzado.

Un gobierno en España relativamente estable puede no ser otra cosa que, como puede ocurrirle a Macron, un paréntesis hasta una oleada peor

Pero lo preocupante no es tanto el resultado de estas elecciones, como el después. Si gana Sánchez y logra gobernar, que es la opción más probable, todo el contexto que ha provocado que Vox surja no va a desaparecer, sino que empeorará, y si los nuevos partidos se fragilizan, surgirán otros, o los actuales se volverán más antinstitucionales, como ha ocurrido en EEUU, en Brasil o en Italia. Con unas élites ausentes, porque parecen no haber tomado nota de los problemas sustanciales a los que aboca este deterioro de la confianza, que son puramente cortoplacistas, que no han comprendido cómo la democracia europea está hoy ligada a repartos materiales justos, ni de cómo la irrupción china está cambiando el orden mundial, y con unas fuerzas crecientes, en forma de antidemocracias encarnadas en líderes aguerridos, un gobierno en España relativamente estable puede no ser otra cosa que, como el de Macron, un simple paréntesis. Y eso sin contar con que aparezca una nueva crisis económica, algo que muchos expertos económicos dan por descontado.

28-A: Diario de campaña
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