Por qué cree Iglesias que saldrá ganando tras el 10-N (y quizás Abascal)

El líder de Unidas Podemos está seguro de que su formación saldrá reforzada de las próximas elecciones, en especial si hay acuerdo entre PSOE y PP o Cs

Foto: Pablo Iglesias, durante un acto en Jerez de la Frontera. (EFE)
Pablo Iglesias, durante un acto en Jerez de la Frontera. (EFE)

Pablo Iglesias sostiene una tesis razonable, en la que apoya sus esperanzas, respecto del panorama político español tras el 10-N. Si finalmente existe un entendimiento entre PP y PSOE, o entre los socialistas y Cs, la izquierda quedará libre para Podemos. Si el partido de Iglesias aguanta, lo que parece probable, y logra sofocar a otros competidores por el mismo terreno ideológico, de lo que también hay visos, contará con un espacio ideológico en el que será el actor principal.

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Sin embargo, esa perspectiva, que suena lógica, solo resultaría válida si seguimos inmersos en los esquemas políticos típicos, con el eje izquierda/derecha como principal referencia. Es probable que haya cambios, ya que las nuevas formas de oposición política están desplazándose hacia otros marcos, a menudo de una manera que no acertamos a entender del todo.

Nuevas políticas

Hay fenómenos que se perciben como puramente aislados y que no lo son tanto, caso de las expresiones del descontento en Chile, y que se articulan a través de la división nítida entre las élites políticas y económicas y la mayoría de los ciudadanos. Algo similar se ha vivido ya en EEUU, donde gobierna un líder populista que ha utilizado profusamente esa retórica, y en el partido demócrata están consagrándose Sanders y sobre todo Warren, quienes subrayan de manera expresa esa postura antiélites. Y en Europa, el populismo de derechas está plenamente instalado y juega también con esa nueva línea divisoria.

Su punto de partida es la enorme posibilidad de crecimiento de una nación y su continuo freno por parte de élites burocráticas y antiguas

En qué consisten en realidad esas nuevas opciones aparece más claro si vemos las coincidencias de sus dos corrientes principales. La más asentada la representan las nuevas derechas. Instaladas como fuerza contrahegemónica en buena parte de Occidente, constituyen un fenómeno del que solo suelen destacarse su carga nacionalista y antiinmigración, sus líderes fuertes y su sentimiento antiUE, pero no el marco que les da sentido y que está en su esencia.

Los tres pilares

Las nuevas derechas se apoyan en tres pilares que se retroalimentan. Parten de esa gran posibilidad de crecimiento de una nación que está siendo cortada de raíz por élites burocráticas (ya sean las de Washington, Bruselas o Madrid), de la opresión económica que sufren, ya que los recursos que les corresponden legítimamente les son restados en beneficio de territorios gorrones (en el caso de los EEUU de Trump, China, que les roba sus trabajos y su propiedad intelectual, o la UE, que vive de lo que los estadounidenses pagan; en el caso europeo, los países del sur, que quieren vivir de los Estados ricos, o Andalucía y Extremadura para las derechas catalanas) y del perjuicio evidente para sus nacionales, que viven en sus experiencias diarias la falta de recursos, los recortes y la competencia ilícita de extranjeros que se quedan con sus empleos.

Todo nacionalismo que triunfa en Occidente se apoya en la sensación de agravio: son las élites las principales causantes del malestar

Estos tres aspectos se reúnen en torno a la nación. La apelación a una entidad trascendente permite la transversalidad, así como recoger sentimientos e intereses de distintas clases sociales y articularlos unitariamente. Ese movimiento es el que legitima que millonarios estadounidenses como Trump apelen con éxito a los trabajadores o granjeros empobrecidos de su país, por ejemplo.

La explicación última

Pero todo esto precisa de un punto de apoyo último, como es la identificación del enemigo, de aquello que debe cambiarse en primer lugar. En todos los discursos de las derechas extremas, aparece como núcleo esa élite política, sea la de Washington, Bruselas o Madrid, que impide todo avance. Son ellas y su gestión lo que explica las causas de la decadencia de la nación y de las dificultades vitales de sus ciudadanos. Ha sido normal en el capitalismo, ya que cuando la presión interna se hace grande, la competencia entre territorios resuelve muchos problemas de cohesión, pero ese movimiento requiere focalizar el cambio: todo nacionalismo que está triunfando en Occidente se apoya en la sensación de agravio que, en última instancia, está propiciada por unas élites que los perjudican.

Unos quieren cambiar la posición de poder de su país en el mundo, otros quieren cambiar las estructuras de poder económico

Pero aquí el asunto esencial no es la nación, aunque lo parezca, sino una batalla política que se rearticula en nuevos términos: es imprescindible sacar del poder a las élites actuales para que su país pueda ocupar por fin el lugar que le corresponde. Apelar al nacionalismo significa tener nuevos líderes, expulsar a los existentes y forjar un país fuerte que pueda tener recorrido frente a otros Estados en el mapa presente. Es la narrativa que está presente en las derechas desde el Brexit hasta Cataluña, pasando por Italia, Francia o EEUU.

El segundo eje de las élites

Hay otra opción política que reconstruye esa tensión entre élites y ciudadanos desde el punto de vista de la posición material, a partir de la lucha entre los que tienen cada vez más y los que tienen cada vez menos, entre los que cuentan con la mayoría de las opciones y los que carecerán de ellas. Eso es lo que late en el malestar chileno, pero también influye en las políticas de Corbyn y, desde luego, en Warren o en Sanders. Son opciones que no desdeñan el componente nacional, que también pueden abogar por cierto proteccionismo, pero que no tratan de calmar el orgullo dañado de sus poblaciones mediante la apelación a lo exterior, sino a lo interno. Si las derechas abogan por un nuevo reparto porque otras naciones les roban, estas nuevas fuerzas pretenden otro reparto porque la estructura económica no es justa; unos quieren cambiar la posición de poder de su país en el mundo, otros quieren cambiar las estructuras de poder.

Las derechas extremas combaten a las élites políticas, mientras que los movimientos populistas pelean contra las económicas

Por decirlo de otra manera, las derechas extremas combaten a las élites políticas, mientras que los movimientos populistas pelean contra las élites económicas. Esto es esencial, porque fija objetivos muy distintos, programas muy diferentes y discursos muy alejados, aunque el marco siga siendo élites/ciudadanos.

Esas son las dos formas en que se está moviendo la política, y ambas conforman opciones, por caminos distintos, que no encajan con el sistema actual.

Podemos y Vox

En España, de momento, estas formaciones no están presentes y, desde ese punto de vista, Iglesias podría tener razón. Y Abascal pensará lo mismo: un acuerdo entre distintos partidos (PSOE, PP, Cs) que busque la estabilidad y conforme un Gobierno ortodoxo, podría dejar el espacio de la derecha 'verdadera' a Vox, lo que le otorgaría cierto recorrido. En gran medida, ambas formaciones se han constituido como fuerzas claramente situadas en un espacio ideológico, y cuando han recurrido a la confrontación con las élites, lo han hecho desde el lado político: la casta, el régimen del 78, la monarquía y el proceso constituyente, desde UP, y el combate contra los políticos catalanes, contra las autonomías y contra el izquierdismo de Vox.

Si España sigue anclada en este marco, Podemos y Vox tendrán un espacio abierto tras el 10-N. Sin embargo, lo que apuntan las nuevas tendencias es algo muy distinto: el eje que se apunta en ellas es mucho más dentro/fuera, sistémico/extrasistémico y élites/ciudadanos que el actual, y ya sabemos que lo que triunfa fuera suele acabar reflejándose en España. Desde este punto de vista, si se cumplen las previsiones y las alianzas para gobernar buscan garantizar la estabilidad, lo que quedará no será un lugar a la izquierda o la derecha, sino un espacio vacío, el constituido por el nuevo eje. Y ahí, una extrema derecha que girase hacia la transversalidad podría tener mucho recorrido, porque desde la izquierda no se adivina ningún movimiento en ese sentido.

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