La gran brecha de los valores: por qué la izquierda está en caída libre
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Esteban Hernández

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La gran brecha de los valores: por qué la izquierda está en caída libre

¿Por qué, si la responsabilidad es compartida, le está yendo mucho peor a la izquierda que a la derecha en esta época? La cuestión de los valores fuertes nos ofrece una interpretación

placeholder Foto: Las manifestaciones pidiendo ayuda han sido muy frecuentes. (Juan Herrero/EFE)
Las manifestaciones pidiendo ayuda han sido muy frecuentes. (Juan Herrero/EFE)

El regreso a valores fuertes, a conceptos como patria, familia y trabajo, es habitualmente interpretado como una de los aspectos que más ha contribuido a que la derecha esté ganando recorrido social: en ellos se apoyan buena parte de los populismos y de las extremas derechas que han venido a convertirse en las fuerzas de oposición, y a veces de gobierno, en los países occidentales.

La lectura que realizan el ‘establishment’ y la izquierda sobre este giro es coincidente: el regreso de las pasiones agrias, del resentimiento y de la añoranza por el pasado está tejiendo las afinidades entre poblaciones enfadadas y los partidos de la derecha. Pero es una versión falsa, ya que se fija en una parte al tiempo que desdeña la visión general.

1. La gran brecha cultural

El caso de Ana Iris Simón es significativo, en este sentido, por diferentes aspectos. Quizás el más relevante sea el gran recorrido mediático que ha tenido, así como la aceptación con que se han recibido sus afirmaciones. Es interesante en la medida en que un discurso como ese, en tiempos recientes, habría carecido de repercusión y se habría quedado en una de las muchas polémicas de Twitter, de esas en las que los activistas de izquierda acusaban a uno de los suyos de traidor y de blanqueador. En esta ocasión había algo más. No se trataba tanto de que se estuviera de acuerdo con todo lo que Simón afirmaba, como el hecho de que se comprendía claramente la posición desde la que hablaba. Y es lógico, porque algunos de los elementos de su discurso apelaban a cuestiones centrales de la política de nuestro tiempo, ya que hacían expreso el hecho de que vivimos en una sociedad en la que los lazos sólidos se han disuelto, que cada vez estamos más solos, más expuestos a la intemperie, sin apoyos en los que sostenernos. En este instante en que lo sólido vuelve a desvanecerse en el aire, es natural que exista un anhelo de estabilidad, de continuidad, de un mínimo de seguridad en un mundo demasiado móvil.

Los valores líquidos, ligados a la exaltación del yo y a la concepción individualista de la existencia, están generando mucho malestar

El discurso de Ana Iris no hace más que subrayar, desde posiciones de izquierda, una realidad muy evidente: la gran brecha cultural de nuestro tiempo no tiene que ver con el multiculturalismo contra la tradición, sino con la sociedad líquida contra la sólida, en sus múltiples expresiones. Y este es el momento en el que los valores líquidos, aquellos ligados a la exaltación del yo, a la concepción individualista de la existencia, a la concepción del dinero, el éxito o el reconocimiento público como elementos normativos, generan cada vez más malestar entre los ciudadanos occidentales. Este giro en el humor social tiene consecuencias políticas importantes. Para entender toda su amplitud, debemos comprender antes cómo hemos llegado hasta aquí.

2. El cambio según la derecha y según la izquierda

Los valores líquidos transformaron la sociedad por dos vías de entrada, una de derechas y otra de izquierdas, y entre ambas conformaron las opciones políticas dominantes en los últimos años. Las dos apostaban decididamente por la fluidez y pretendían desanudar muchos de los lazos existentes, que veían como un impedimento para el progreso. La derecha, con su insistencia en la necesidad de transformar una sociedad permanentemente poco preparada para los grandes desafíos, tejió la dirección económica, que demandaba reformas continuas, adecuaciones al mercado, adaptaciones al cambio y actualizaciones durante toda la vida: estaba llegando un futuro diferente, cada vez más disruptivo, y la tarea individual consistía en saber encajar en él. El mismo empuje proactivo se requería de las estructuras institucionales, en especial de las públicas, que necesitaban por una transformación radical para no quedarse atrás.

La derecha afirmaba que las personas tendrían que hacer lo que quisieran, la izquierda que deberían poder ser aquello que quisieran

La izquierda apostaba por ese mismo debilitamiento de los valores sólidos, pero desde una perspectiva más social y cultural. Abogaba por organizaciones mucho menos verticales, también en partidos y en empresas, por la colaboración en lugar de la imposición, por la toma de decisiones en común y por un cambio decidido de mentalidad: muchas de las costumbres sociales formaban parte de un sentido común que había invisibilizado los aspectos machistas y racistas que subyacían en él; era la hora de forjar una sociedad mucho más inclusiva, menos normativa y que aceptase definitivamente la diferencia. Y las viejas estructuras que nos limitaban y oprimían, como el estado centralizado, el patriarcado o las fronteras, eran un problema para el cambio.

De este modo, una corriente abogaba por debilitar las viejas estructuras para favorecer los flujos de capital y las limitaciones al emprendimiento individual, y por un margen de acción mucho mayor a los deseos de los individuos; la otra abogaba por facilitar los flujos de personas y las personas fluidas. La primera afirmaba que las personas tendrían que hacer lo que quisieran, la otra que podrían ser lo que quisieran. Unos gritaban libertad, los otros pugnaban por la liberación del deseo. Unos se apoyaban en Hayek, los otros en Foucault y Lacan.

Para ambas fuerzas políticas, la sociedad del futuro solo quedaba frenada por la resistencia al cambio y por la pura nostalgia

Las dos fuerzas, en todo caso, abogaban por cambios profundos, que exigían una transformación sustancial de las mentalidades individuales: exigía un trabajo incesante de reorganización de la sociedad, de sus costumbres y de su forma de pensar. El resultado fue que ambas tendencias diluyeron las estructuras que dieron sentido a la segunda mitad del siglo XX, como la fijeza estatal, las comunidades estables, los sindicatos, los colectivos de la sociedad civil, los contratos fijos, las trayectorias lineales, los emparejamientos para toda la vida o el mismo amor romántico. En su lugar nos ofrecían un mundo lleno de posibilidades, de múltiples desplazamientos, de tareas no repetitivas, de opciones creativas, de no quedarse anclados en los mismos lugares, de evolución continua. Esa era la sociedad del futuro, que solo quedaba frenada por la resistencia al cambio y la nostalgia del pasado.

El problema era que no solo disolvían una expresión concreta de los valores sólidos, sino estos mismos, ya que no eran recompuestos: todos los elementos de estabilidad, continuidad y seguridad no fueron sustituidos por nuevas formas, simplemente se desvanecieron. El resultado resultó previsible: el capitalismo se financiarizó, el nivel de vida de las clases medias y de las trabajadoras fue decididamente hacia abajo, las nuevas formas organizacionales se convirtieron en estructuras muy personalistas, las nuevas comunidades 'online' dieron lugar a vínculos dispersos y eventuales y una nueva forma de soledad fue arraigando.

3. El lugar más sólido

Nuestra sociedad abogaba cada vez más por los compromisos eventuales, las opciones abiertas, las identidades poco o nada definidas, las permanencias coyunturales y las estructuras difusas; lo importante era disponer de un abanico de posibilidades, mucho más que de quedarse anclado en una de ellas, lo que aparece siempre como una opción perdedora. Se forjó un entorno en el que la continuidad, la estabilidad, la permanencia y el compromiso eran vistos como ideas prescindibles. Era lógico que la resistencia a ese mundo fluido fuera creciendo, en lo individual y en lo político.

En lo económico, por una razón tan evidente que ha desaparecido prácticamente de nuestra vista: la fluidez solo afecta a una parte de la población, ya que la vida en lo más alto de la pirámide social es extraordinariamente sólida: sus recursos han aumentado enormemente, sus posibilidades vitales son mucho más amplias y su influencia social mayor; los que vivimos en un mundo líquido somos el resto.

Para elegir, se han de contar con las condiciones objetivas para poder hacerlo, y la realidad es que mucha gente carece de ellas

No es extraño, por tanto, que sean las capas perdedoras de la población, las clases medias y las bajas, las que contemplen con buenos ojos aquello que ayudó en el pasado y que podría hacerlo ahora: la comunidad, la familia, los vínculos, las estructuras, el Estado. El discurso de Ana Iris Simón nos recuerda vivamente que, antes de elegir tener familia o no, hay que contar con la posibilidad de tenerla; es como la elección entre alquilar o comprar una vivienda: será mejor una cosa u otra, pero la opción real aparece cuando se tiene posibilidad de hacer ambas cosas. Y las palabras de Simón nos señalan de nuevo que las condiciones objetivas van en la dirección de no poder trazar proyectos vitales. Es normal que se demande estabilidad y seguridad es un mundo demasiado móvil.

Sin embargo, no todo queda restringido a las reivindicaciones ligadas a la seguridad material. Esta sociedad individualista también va en sentido contrario a necesidades antropológicas, a aquellos aspectos que nos construyen como seres humanos.

4. El modo de navegación infinito

Esta exaltación individualista se manifestó en muchos fenómenos imitativos: poner la imagen en el centro, la construcción de una marca personal como meta y el regreso al yo dieron recorrido al postureo en Instagram, a las opiniones rotundas en Twitter, a las menudencias en Tik Tok, a la atención extrema al cuidado del cuerpo, a la vinculación de las marcas con la personalidad. Podíamos ser libres, es decir, mostrar nuestra marca y difundir nuestro yo. Y al mismo tiempo, también teníamos espacios masivos para la satisfacción del deseo: grandes cantidades de gente en Tinder, numerosas películas en las plataformas, repositorios de discos en un clic, un montón de comida servida a domicilio rápidamente.

La insatisfacción permanente y la sensación de que no hay nada ahí fuera que motive de verdad, teje buena parte de la vida de mucha gente

El resultado final de este entramado narcisista, cuya característica definitiva era mantener las opciones abiertas, era la insatisfacción, como bien afirma Pete Davis en su recomendable ‘Dedicated’. Davis utiliza un ejemplo trasladable a muchos ámbitos de la vida. Es por la noche, estás cansado y comienzas a navegar por una plataforma para ver una película. Echas un vistazo a los títulos disponibles, miras de qué van los títulos, incluso ves algún tráiler, pero ninguna termina de llamarte la atención. A la media hora sigues atascado en el modo de navegación infinito, de manera que decides dejar de hacer el idiota y te rindes. Acabas más cansado de lo que empezaste y te pones a hacer otra cosa o, mejor, te vas a dormir.

Esa insatisfacción permanente, la sensación de que no hay nada ahí fuera que merezca la pena y motive de verdad, teje buena parte de la vida de mucha gente. Y no se trata de las películas, sino de otros aspectos más importantes. Se cree cada vez menos en la participación institucional, la militancia en los partidos o en sindicatos ha descendido, las parejas son mucho más inestables y los trabajos son precarios. Es una vida muy móvil, que desanima la permanencia y el compromiso. Y esa sensación de que no merece la pena apostar por nada porque todo te va a fallar, acaba generando efectos sociales profundos, porque es una vía de doble dirección.

Hay una sensación de abandono: somos la gente que no le importa a nadie, a la que no se defiende, la que paga todas las facturas

Que no haya nada ahí fuera que merezca de verdad la pena, que no se pueda creer de verdad en los demás, o de que los mecanismos colectivos de reunión sean tan endebles también provoca una perturbadora sensación subjetiva: tampoco nadie cree en ti, nadie se compromete, nadie está del todo a tu lado. Esta sensación de abandono, de ausencia de un lugar sólido al que agarrarse, está muy presente en buen parte de la población: se perciben como la gente que no importa a nadie, la que paga todas las facturas, a la que nadie ayuda o defiende.

Esa sensación de estar solos en medio de la multitud que trae la individualización permanente, ayuda mucho a que parte de la población, como bien subraya Davis, gire hacia verdades rígidas que les permitan aferrarse a un lugar sólido. Para la mayoría de la población, sin embargo, este tipo de fundamentalismo no funciona. Pero tampoco pueden acogerse a algún tipo de elemento sólido que no sea tan agobiante.

5. Nos habéis dejado solos

La pregunta es por qué, en esta tesitura, los valores fuertes funcionan para la derecha pero no para la izquierda. Si ambas opciones, por un lado o por otro, han apostado por diluir aquello que nos daba estabilidad, ¿por qué está afectando mucho más a una parte del espectro político que a otra? Una primera respuesta parece obvia: las derechas sí han puesto sobre la mesa la necesidad de valores sólidos, aunque sea de un modo pervertido. La patria, la familia o la religión han estado en el argumentario de las derechas desde hace muchísimo tiempo, por lo que no es extraño que obtengan rédito cuando, necesitados de seguridad, partes de la población se vuelven hacia ellas. Por el contrario, las izquierdas no han renovado los valores sólidos que en otro tiempo les pertenecieron ligados al trabajo y al sentido de comunidad; más al contrario, han continuado abogando por la fluidez, en particular en las costumbres culturales, lo que les ha vuelto menos relevantes en un mundo que, dada su inestabilidad, demanda solidez.

El segundo aspecto es bastante más relevante. La izquierda, especialmente la activista, pero también la que se denomina moderada, ha utilizado una estrategia muy arriesgada para afianzarse discursivamente en el espacio público. Se convirtió en una fuerza de progreso, pero entendido este como un modo de reorientación personal. La mayoría de sus propuestas eran emitidas de un modo que resultaban rechazables para mucha gente, en especial para muchos de quienes podían votarles, porque les señalaban lo mucho que se estaba equivocando, lo mal que lo estaban haciendo, lo inadecuado que eran sus comportamientos. Este carácter aguafiestas de la izquierda, de rastreo continuo de las actitudes personales reprobables ya ha sido suficientemente señalado, pero no deja de ser importante: no puedes decirle de continuo a la gente que tiene que dejar de consumir carne para salvar el planeta, que sus coches baratos contaminan mucho, que no emplean el transporte público cuando tienen que desplazarse lejos, que sus actitudes son machistas, racistas, xenófobas, y demás, que hacen mal en tomar tanto azúcar, que hagan deporte porque están gordos, y toda esa suerte de amonestaciones que tan frecuentes resultan. Y cuando las cosas fallan, les dices que son fascistas. Y no puedes hacerlo porque no funciona, ya que los pones en tu contra.

Si les criticas en lugar de ofrecerles aquello que necesitan, como respaldo y estabilidad, lo que haces es ganarte enemigos

Pero hay algo todavía peor para tener recorrido social real: en momentos de descrédito institucional, estructuras débiles y comunidades frágiles, lo que crece es una suerte de anomia que se concreta en personas y colectivos que se sienten abandonados, que perciben que nadie se interesa por ellos y que no son defendidos por nadie, lo que provoca una soledad grande. Si en esa situación emocional, lo que reciben son críticas a su forma de actuar y de pensar, en lugar de ofrecerles aquello que necesitan, respaldo, estabilidad y una esperanza para cambiar su situación, lo que haces es ganarte enemigos. Les estás transmitiendo una carga notable de desprecio en lugar de tenderles una mano. Esta es la razón por la que la izquierda resulta tan desagradable a mucha gente, en lugar de percibirla como una ayuda para solucionar los problemas.

El humor social está cambiando, y en ese momento de transición, la izquierda está intentando reconstruir su proyecto. Al menos, comienzan a ser conscientes de que se están perdiendo algo. Han fallado, y las cifras de voto lo demuestran, y ya no pueden culpar a los quintacolumnistas o a una población que es fascista en masa, como en Madrid, por mucho que se sientan tentados de hacerlo de nuevo. En esa necesaria reflexión, que de momento se mueve desde lo puramente táctico, tendrán que preguntarse no solo por los elementos ideológicos que deben añadir, sino por lo mucho que desconocen a la gente a la que pretenden dirigirse, lo mal que la están tratando y lo poco que saben de sus problemas. Y eso les llevará a plantearse las preguntas en términos de ideas y de valores. O no, y caminará directa hacia la quiebra.

El regreso a valores fuertes, a conceptos como patria, familia y trabajo, es habitualmente interpretado como una de los aspectos que más ha contribuido a que la derecha esté ganando recorrido social: en ellos se apoyan buena parte de los populismos y de las extremas derechas que han venido a convertirse en las fuerzas de oposición, y a veces de gobierno, en los países occidentales.

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