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Yolanda Díaz, ante el momento clave de su proyecto político
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Esteban Hernández

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Yolanda Díaz, ante el momento clave de su proyecto político

Los cambios que ha provocado la invasión de Ucrania están perjudicando al proyecto de la ministra de Trabajo incluso antes de su alumbramiento público. Las semejanzas con el de Errejón comienzan a ser demasiadas

Foto: Yolanda Díaz. (EFE/Chema Moya)
Yolanda Díaz. (EFE/Chema Moya)
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Recordemos que en las épocas de las discusiones agrias de Sánchez con Pablo Iglesias porque no quería a UP de socio de gobierno, la opción Errejón estuvo disponible. Fue una suerte de amenaza a UP, un rival que le podía restar voto, y se instrumentalizó como tal, pero también escondía una preferencia. A Sánchez le habría gustado que Errejón fuese el líder de UP en lugar de Iglesias, ya que su actitud era más receptiva y menos hostil. Finalmente, unas segundas elecciones dictaron sentencia y el Gobierno de coalición se convirtió en inevitable.

Sin embargo, Sánchez acabó consiguiendo lo que buscaba. Encontró una aliada en Yolanda Díaz, y más aún cuando Iglesias dio el portazo y la nombró sucesora. Y no porque su relación sea especialmente amistosa, sino porque ambos entienden el juego institucional, porque el perfil político de Díaz es mucho más apropiado para tareas de gobierno, y también por connivencia de intereses: hasta ahora, en un entorno de bloques, la suma de PSOE y UP era el camino para que Sánchez conservase el poder.

El parecido de Díaz con Errejón

Díaz, sin embargo, ocupó el papel de Errejón también en otros aspectos. El primero de ellos, obviamente, es el que señala a la vicepresidenta segunda como traidora al núcleo duro de Podemos, a Iglesias y su grupo. Los odios que suscita en ese entorno son tan grandes o mayores que el del antiguo amigo. En este caso, además, con los papeles invertidos, porque Díaz tiene la posición fuerte y los de Iglesias la débil en el juego interno.

Errejón dejó de hablar de significantes vacíos cuando se dio cuenta de que el espacio rentable era el que ocupaban los verdes alemanes

El segundo parecido es más interesante, porque tiene que ver con el proyecto de país que tenía Díaz en mente. Puede que Errejón arrancase su carrera hablando de los significantes vacíos y rodeándose de artificios teóricos, pero tiempo después cayó en la cuenta, y en especial tras su salida de Podemos, que el espacio que le podía salir rentable era el que ocupaban los verdes alemanes. La agenda que puso en marcha, ligada a clases urbanas y jóvenes profesionales, europeísta, tecnológica, joven, feminista y, por supuesto, ecologista, impregnó su discurso desde que Más País tuvo un lugar propio. Errejón cambió su espacio peronista por el de la ecología, las ciudades limpias, el transporte no contaminante, la atención a la salud mental, la renta básica y la defensa de la sanidad y la educación públicas. La jugada le funcionó solo en Madrid, pero aquí le funcionó muy bien.

Foto: La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz (c). (EFE/Mariscal)

El proyecto necesitaba algo más

Como ministra de Trabajo, Díaz posee un notable capital simbólico que su actuación en el gobierno le ha granjeado, cuenta con un perfil mucho más sólido que otros dirigentes de la izquierda, es más apreciada por los votantes, tiene a CCOO de su parte y cuenta con el aliento intelectual de ICV-els Verds. Pero necesitaba algo más, de modo que su propuesta de ‘trabajo más feminismo’ tuviera un contenido. Ese algo más era el espacio de los verdes, que es justo el que Errejón quería ocupar. Ada Colau, personas ligadas a los comunes y al errejonismo vinieron a ayudar en esa dirección. Así se conformaba una izquierda amplia, de los cuidados y del empleo, la feminista y la verde, y la preocupada por el escudo social. Eran malas noticias para Errejón. Quizá no tanto para la gente de su partido, pero sí para él.

El giro de época ha sorprendido a Díaz con una opción sin construir, con cuestiones internas sin resolver y con peleas en el Gobierno

El proceso de escucha iba a servir para dar forma a este eje. Pero los tiempos tienen sus propios ritmos, y las transformaciones de gran calado que estamos viviendo han venido a perturbar profundamente el proyecto de Díaz. El proceso de escucha se ha ralentizado, o más bien detenido.

Foto: La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE/Fernando Alvarado)

Los acontecimientos internacionales recientes no han tenido efectos positivos en el nuevo espacio político. Sin duda, por una cuestión de 'timing'. El giro de época ha sorprendido a Díaz con una opción sin construir, con las cuestiones internas sin resolver y con las peleas en el Gobierno cada vez más presentes.

Cambio de rumbo

Sobre todo, ha dejado a la vicepresidenta segunda con una propuesta que suena anterior a los tiempos presentes. El cambio que ha supuesto la guerra de Ucrania no terminará cuando la guerra acabe. Los intentos desglobalizadores, las tensiones en las democracias liberales, la necesidad de desconexión en áreas estratégicas, la inflación y las dificultades económicas van a dejar un mundo muy diferente.

De momento, Díaz trata de hacer valer el mismo discurso que utilizó en la pandemia, la importancia de un escudo social que se desarrollaría gracias a su presencia en el Gobierno. Solo que en este caso será Sánchez quien reivindique, con toda legitimidad, el (probablemente escaso) rédito político que ese discurso procure. En segundo lugar, los tiempos venideros parecen bastante complicados para las clases trabajadoras y las medias, lo que hará más probable que el escudo social sea percibido como insuficiente por amplias capas de la población. Y veremos qué ocurre cuando los sindicatos reclamen la subida salarial ligada a la inflación. También es posible que se produzcan cambios en la mentalidad europea de gestión de la economía que hagan posible un tránsito mucho más llevadero, pero en ese caso será Sánchez quien se lleve el mérito.

Díaz está forjando un proyecto que tiene muchos puntos de coincidencia con el del Errejón verde, y los tiempos demandan otra cosa

Sin embargo, la dificultad mayor de Díaz no aparece en el plano interno, ni en la reunión de los diferentes espacios de la izquierda en uno, ni en su desempeño en el Gobierno. La invasión de Ucrania y los seísmos derivados de ella obligan a la reconstrucción del proyecto que tenía encima de la mesa. Es el momento de propuestas fuertes, de visiones de Estado, de análisis sustanciales y de una visión amplia e inteligente acerca de todos los cambios que nos esperan y de cómo abordarlos. Las señales que ha transmitido hasta ahora Díaz no han ido en esa dirección. Está forjando un proyecto que se parece mucho al del Errejón verde, y estos son tiempos diferentes y cuyas demandas van a ir por otro lado. Las deudas intelectuales y sentimentales con el 15M de Díaz, y de muchas de las personas que la están rodeando, provocan el intento de prolongar ese espíritu en una época que lo ha borrado de un plumazo.

Foto: Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, tras el Consejo de Ministros de ayer. (EFE/Chema Moya)

En definitiva, a Díaz le puede ocurrir lo mismo que a Errejón. Era un líder que, en su espacio, generaba muchas simpatías, que era bien visto en otros entornos políticos, pero que, cuando quiso desprenderse de Podemos y lanzarse a la arena política, ya era tarde y solo quedaba para él un espacio minoritario. Sería muy atrevido señalar que este es el destino de Díaz cuando ni siquiera ha presentado su proyecto en toda su extensión, pero lo es mucho menos constatar que los trazos con que lo había dibujado no van a servir para los tiempos próximos. Va a tener que reconstruirlo con una perspectiva muy diferente. Y eso hay que poder y saber hacerlo.

Recordemos que en las épocas de las discusiones agrias de Sánchez con Pablo Iglesias porque no quería a UP de socio de gobierno, la opción Errejón estuvo disponible. Fue una suerte de amenaza a UP, un rival que le podía restar voto, y se instrumentalizó como tal, pero también escondía una preferencia. A Sánchez le habría gustado que Errejón fuese el líder de UP en lugar de Iglesias, ya que su actitud era más receptiva y menos hostil. Finalmente, unas segundas elecciones dictaron sentencia y el Gobierno de coalición se convirtió en inevitable.

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