Sánchez de avanzadilla: cada vez más lejos de Washington y más cerca de Pekín
Con la llegada de Trump 2.0, China ha lanzado una ofensiva de seducción para ocupar el lugar de Estados Unidos en el mundo. Muchos países se lo están pensando y Sánchez va en avanzadilla
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i) y el primer ministro chino, Li Qiang (d), durante un encuentro en septiembre de 2024, en Pekín. (EFE/Moncloa/Borja Puig)
Pedro Sánchez viajará a China en abril para reunirse con Xi Jinping por tercera vez en menos de dos años. Ningún otro presidente europeo tiene una relación tan estrecha con la superpotencia asiática, al tiempo que deja enfriar hasta el punto de congelación las relaciones con Estados Unidos. José Manuel Albares aún está esperando la llamada del Secretario de Estado, Marco Rubio. Y falta la aprobación en el Capitolio del nuevo embajador escogido por Trump, de Benjamín León, un donante republicano octogenario, millonario y de origen cubano.
España se ha situado a la vanguardia de esa tentación creciente de echarse en brazos de Chinade la que hablamos aquí hace más de un mes. Con Trump desgastando la relación atlántica a pasos agigantados, arrimarse a Pekín se ha convertido de pronto en una maniobra aplaudida en muchos ambientes. Incluso en ambientes abertzales, como demuestra esta foto de Arnaldo Otegi, que el miércoles se puso corbata para recibir al embajador asiático.
Lo cierto es que Europa entera está abandonando el distanciamiento moralista, muchas veces solo retórico, con los gobiernos autoritarios. El nuevo mantra es la “transaccionalidad”, la determinación de actuar en política exterior de acuerdo a intereses y no a valores compartidos. Pero con China las cuentas salen por ahora de aquella manera, ya que el déficit comercial con el gigante asiático no para de crecer y ya supone cerca del 94% del total.
Esto significa que la potencia asiática cada vez nos vende más cosas y nos compra menos. Sus empresas inundan nuestros mercados con productos de un valor añadido cada vez mayor, mientras que nosotros le vendemos fundamentalmente productos agroalimentarios: los jamones, el aceite, el vino y esas cosas. Es el tipo de relación comercial que solían tener las potencias europeas con sus colonias. Pese a que su renta per cápita es la mitad de la nuestra, China ocupa el papel de país industrializado y España el de nación en vías de desarrollo.
Pekín lleva años trasladando ―a nosotros y a medio planeta― la promesa de mitigar este desequilibrio. Pero no es tan facil. No van a renunciar a multiplicar las exportaciones porque en eso consiste su modelo. Mientras, su mercado interno no da para mucho más: se encuentra saturado por producto locales y el consumo no crece al ritmo deseado. Además, el euro no compite con un yuan eternamente devaluado. El mercado chino, por resumir, no tiene demasiados incentivos para comprar nuestros productos. En las pocas ocasiones que los encuentra, suele ser efímero porque sus empresas no tardan en ver la oportunidad y fabricar lo mismo, pero más barato y a menudo subsidiado.
La otra gran promesa china, la inversión, está dando más frutos. El embajador en España, Yao Jing, cifra en 10.000 millones de euros el monto de los últimos años. Detalla que hay 7.000 ya comprometidos y otros 3.000 a punto de firmarse. Una parte del plan es que el sector automovilístico chino aproveche nuestra infraestructura para convertir España en un centro de fabricación de baterias y ensamblaje de sus coches eléctricos. Igual que en las carreteras europeas los MG, BYD y Chery desplazan a los Renault y los Volkswagen, la intención es que en las fábricas españolas suceda tres cuartos de lo mismo. Lo cual no deja de ser una mala noticia envuelta en una buena noticia.
Se considera el mal menor porque tampoco hay vuelta atrás. Los coches chinos, que hace veinte años eran copias toscas de los occidentales y japoneses, no solo son competitivos en precio, sino que cada vez ofrecen más ventajas. El último anuncio de su industria, esta misma semana, es un sistema de carga de BYD que solo necesitaría cinco minutos para lograr 470 kilómetros de autonomía y un modelo de conducción autónoma asequible para todos los bolsillos. Según Financial Times podría “dejar fuera de juego a sus competidores".
La otra gran área de inversión millonaria que China está desplegando en España tiene que ver con las energías verdes, con la producción y el uso de hidrógeno como combustible. Muy atrás quedan los tiempos en los que Gamesa llevaba al gigante asiático su tecnología puntera.
Pekín está desplegando una ofensiva de seducción por todo el planeta, con especial efusividad entre los socios tradicionales de EEUU. Se trata de ir ocupando los espacios que deja vacantes el Imperio en retirada y reemplazando poco a poco el “consenso de Washington” por el “consenso de Pekín”, con reglas diferentes y otro tipo de letra pequeña. Nuestro país, presidido por uno de los pocos presidentes socialistas que quedan en la Unión Europea y asesorado por personas con lazosque nunca se han explicado del todo, como Zapatero, es campo abonado para que se consume este cortejo.
Guillermo CidGráficos: Unidad de DatosFotografía: Olmo Calvo
La diplomacia china suele insistir en que las buenas relaciones se sustentan siempre en intercambios económicos provechosos y tienen que huir de la ideología (“pragmatismo” es su palabra preferida). Eso no significa que no promuevan activamente su manera de ver el mundo y defiendan sus intereses. Lo han demostrado en la guerra de Ucrania, en el mar del Sur de China y lo demuestran en sus relaciones con Bruselas. Prefieren, como Trump, negociar país por país para obtener resultados más satisfactorios. Y les desagrada la idea del rearme europeo. “Se aleja de los principios que nos gustan de Europa, de su manera pacífica y multilateral de entender el mundo”. Ellos, sin embargo, gastan en Defensa más de un 7% del PIB. Más que Israel y más del doble que EEUU.
Pedro Sánchez viajará a China en abril para reunirse con Xi Jinping por tercera vez en menos de dos años. Ningún otro presidente europeo tiene una relación tan estrecha con la superpotencia asiática, al tiempo que deja enfriar hasta el punto de congelación las relaciones con Estados Unidos. José Manuel Albares aún está esperando la llamada del Secretario de Estado, Marco Rubio. Y falta la aprobación en el Capitolio del nuevo embajador escogido por Trump, de Benjamín León, un donante republicano octogenario, millonario y de origen cubano.