Bitcoin, ¿de verdad crees que importa?
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Javier Molina

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Bitcoin, ¿de verdad crees que importa?

En estos seis años de aprendizaje, me ha tocado lidiar con todo tipo de situaciones y personajes. En unas ocasiones, he tenido que explicar la aportación de valor de los criptoactivos en general

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(Reuters)

No se asuste el lector. No he cambiado de pensamiento, cartera, ni convicciones. Todo lo contrario. Llevo explicando en esta misma tribuna y desde 2016, las ventajas y motivos por los que, desde un punto de vista de inversión (o aún sea por mera curiosidad intelectual), uno debería entender qué es Bitcoin y cómo funciona bitcoin (BTC), para superada esa etapa inicial, comprender las razones por las que debiera incorporarlo a su plan de pensiones, captar el cambio de paradigma monetario y la utilidad que incorpora y, por supuesto, siendo consciente de que todo riesgo se debe gestionar correctamente siempre.

En estos seis años de aprendizaje, me ha tocado lidiar con todo tipo de situaciones y personajes. En unas ocasiones, he tenido que explicar la aportación de valor de los criptoactivos en general y la de bitcoin (BTC) en particular y en otras, me he visto rodeado de fanáticos “bitcoiners” a los que he tenido que combatir con argumentos de todo tipo pues, la libertad financiera no se consigue sin esfuerzo ni conocimiento. Sigo pensando que la “paradoja del hodler” es una utopía para embaucar a los novatos, soy consciente de que la concentración de riqueza en bitcoin (BTC) sigue una distribución similar a la que observamos en la riqueza global de las familias (el 10% de la población mundial tiene el 85% del total), y cada vez que un vidente lanza sus predicciones de cotizaciones sobre cualquier criptoactivo (sí, a ver si entendemos ya que no todo son criptomonedas…) del estilo “tendremos a bitcoin (BTC) a 100.000 en diciembre de 2021”, no puedo dejar de recordar a Rappel y lo bien que me lo pasaba cuando lo veía en la tele.

Foto: Un Starbucks en El Salvador, donde ya se puede pagar con bitcoins. (Reuters)

Pero más allá de unos y otros extremos, el camino intermedio es el que he venido defendiendo con mayor o menor éxito en estos últimos años. Según esta hoja de ruta, la primera fase que debería superarse partía de una primera aceptación y adopción de bitcoin (BTC) como un activo monetario que presentará utilidad a cada vez un mayor número de personas. Esa es la base (la utilidad) sobre la que puede y podrá crearse el verdadero valor y sentido de toda esta criptoeconomia. Cuando se plantee un posicionamiento, cualquiera que este sea, y no sepa o pueda responder a esa última pregunta de qué viene a mejorar o aportar un proyecto o protocolo determinado, será una mala señal desde un punto de vista de inversión. Superada esta fase, bien llegando a un cierto consenso sobre la capacidad de ser una reserva de valor, un tipo de “sound money” o, el que vengo defendiendo a modo de asset class en sí mismo, tocará incorporarlo en un portfolio en sus porcentajes limitados (aquí puede ver cómo, por encima de un 10% de una cartera el riesgo asumido deja de compensar la rentabilidad generada) y la segunda fase se irá desarrollando aún más.

Fíjese que mientras tanto, los tres puntos paralelos necesarios para que esa etapa tenga sentido, se van desarrollando y cumpliendo. En primer lugar, cada vez existe menos confianza en nuestro sistema y gobernantes, lo que lleva a la búsqueda de alternativas donde no existan intermediarios. En segundo lugar, tanto los millennials como los “centennials” son 100% digitales y se relacionan cada vez más en ese entorno, comprendiendo mucho mejor que generaciones anteriores la aportación de valor que ciertos protocolos incorporan. Además, los primeros están empezando a recibir el mayor trasvase de riqueza de toda la historia, y éstos se mueven en un entorno social con un potencial del que aún no somos conscientes. En tercer lugar, a Wall Street todo este mundo ya la interesa pues han descubierto que aquí hay mucho dinero en juego y últimamente, empiezan a ser conscientes de que la revolución es imparable y hay que unirse a ella. A este respecto, no puedo negar cierta inquietud generada fruto de los indicios de unión entre las élites cripto y las ya establecidas (Fed, Wall Street y Silicon Valley), pero esa es otra historia.

Foto: Foto: EC.
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Caitlin Ostroff Santiago Pérez The Wall Street Journal

En la segunda fase y utilizando arquitectura de código abierto, el desarrollo de los Contratos Inteligentes debía permitir la creación de servicios financieros sin intermediarios y mucho más transparentes, nuevos modelos de negocio y hasta sistemas de gobernanza mejores y mucho más democráticos. A día de hoy resulta que el importe total bloqueado (TVL) a través de las distintas Blockchains supera los 163.000M de USD. Pese a que Ethereum sigue siendo el líder en el ecosistema DeFi al respecto (aún con costes de gas prohibitivos para el pequeño inversor), otras infraestructuras a nivel de Capa 1 (L1) como BSC, Terra o Solana están ganado terreno. El desarrollo y construcción de nuevos proyectos no deja de crecer y, siendo éstos totalmente abiertos a todo el mundo, se facilita la copia que incorpora mejoras y termina generando un producto mejor que el anterior en muchas ocasiones. De eso va la nueva criptoeconomia.

En los primeros tiempos de los criptoactivos, fuera de Bitcoin era complicado encontrar valor. De ahí su dominancia en términos de capitalización y la razón del poco éxito real de proyectos como Litecoin (LTC) o Doge. Con la aparición de Ethereum y los Smart Contracts, ese talento a nivel de desarrolladores de software y gracias a los incentivos económicos, se ha pasado a una segunda revolución donde todo el entorno DeFi (finanzas descentralizadas), el de los NFTs, el Blockchain gaming y últimamente las DAO, son los ejemplos de esta nueva ola en la que nos encontramos.

De un lado y tomando los principales proyectos DeFi, la capacidad de generar flujos de caja “on-chain” significa que existe valor intrínseco y que pueden aplicarse medidas de valoración convencionales. Un vistazo a páginas como “Token Terminal” permite observar los ingresos referidos sobre los protocolos más importantes. Uniswap (UNI), Sushiswap (SUSHI) o Synthetix (SNX) son claros ejemplos de lo comentado. Vale la pena destacar que estos protocolos DeFi son tremendamente eficientes al reemplazar trabajo humano por software automático. Si una parte de la infraestructura actual del sistema financiero se pudiera substituir por código (que se puede ya), el ahorro sería brutal. A nivel de gobernanza, estos proyectos DeFi se construyen con la idea de utilizar los tokens para votar en la toma de decisiones. Las DAO son otras de estas propuestas que veremos emerger en el futuro inmediato.

Foto: El presidente de El Salvador, Nayib Bukele. (Reuters)

Y pese que de momento una gran parte de estos protocolos se están centrando en lograr soluciones de depósito, préstamos, Exchanges Descentralizados, etc. que son utilizadas por inversores y especuladores, la economía real está haciendo ya caso de uso de todos estos avances. Un ejemplo es EthicHub, una plataforma de “crowlending” que conecta a inversores con agricultores que no tienen acceso a financiación. Mediante el uso de Blockchain aplicada a inclusión financiera con impacto, se permite prestar dinero a proyectos sobre café de pequeñas comunidades no bancarizadas, en el otro lado del mundo. Con el token Ethix, se logra una mejora de la seguridad del ecosistema gracias al sistema de incentivos que incorpora, sirviendo de puente esas finanzas descentralizadas y la economía de impacto.

En esta misma fase y en la actualidad, estamos asistiendo al “hype” de los tokens no fungibles (NFT) donde se están pagando 11,8 millones de USD por un “jpg” de un CryptoPunk, o 69 millones por una obra digital de Beeple. En agosto, el volumen total en ventas de este tipo de tokens ascendió a 715 millones de USD (Art Blocks concentró un 87% del total), destacando lo que es el arte digital y el gaming. OpenSea, una de las mayores plataformas de negociación de NFTs cuenta con más de 25.000 usuarios (direcciones wallets interactuando). Axie es el máximo exponente de los juegos online basado en NFT, que pone de manifiesto que se puede generar una economía interna dentro de un juego.

Pero más allá de los precios y los absurdos pagados, lo que realmente importa es la infraestructura que se está creando para el desarrollo de negocios futuros. La NBA y sus “Top Shot moments”, Asics con su primera colección lanzada el mes pasado, coleccionables para relacionarse con fans como hizo Team GB en las olimpiadas de Tokio, Alibaba mediante SCMP y su proyecto “Artifact”, marcas como Gucci, Louis Vuitton o Burberry están ya experimentando y sacando NFTs que abren otras vías de comunicarse y hacer negocio con sus clientes. Y eso es lo que importa.

Foto: Bitcoin. (EC Diseño)

Y esto nos deja en la tercera fase que he catalogo como aquella donde “el software se comerá al software”. Gracias a la combinación y desarrollo de todo lo anterior, se están creando nuevas aplicaciones que van mejorando y sustituyendo a los modelos de negocio actuales, generando flujos crecientes en el tiempo desde los sistemas financieros clásicos centralizados, hacía el entorno de las finanzas programables.

Así las cosas y resumiendo, Bitcoin ha demostrado ser la red más segura hasta la fecha, gracias al uso de la criptografía y los sistemas de incentivos. Su unidad de cuenta es demandada con distintos fines que van demostrando su utilidad y que, gracias a su oferta limitada en un entorno de mayor adopción, puede terminar cumpliendo su objetivo. Pero eso no es lo más importante ya. Mientras aquella cumple la función principal de la seguridad en ese concepto de reserva de valor, otras Blockchains como Ethereum están permitiendo el desarrollo de la criptoeconomia, con modelos de negocio inéditos y basados en código, que están ya generando flujos monetarios muy importantes, captando la atención de los principales jugadores mundiales de todos los sectores y que, de saber interpretarlos correctamente, ofrecen opciones de inversión nada despreciables.

No obstante, y como siempre le digo, no se trata de comprar NFTs de pingüinos para venderlos más caros (para nada), sino de ser capaz de identificar las oportunidades a nivel de infraestructura y apostar por ellas. Siempre desde un punto de vista de máximo rigor, entendiendo perfectamente el riesgo asumido, la apuesta de valor realizada y, por supuesto, limitando aquel mediante el uso reducido de los ahorros destinados a tal fin.

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