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El PP, en guerra: lo que los indultos evidencian
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Esteban Hernández

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El PP, en guerra: lo que los indultos evidencian

La derecha española se encuentra en una encrucijada. Tenía en mente haber acabado pronto con el Gobierno, pero su intención se está complicando mucho. Vienen giros importantes

Foto: Pablo Casado, en la investidura de Ayuso. (Zipi/EFE)
Pablo Casado, en la investidura de Ayuso. (Zipi/EFE)
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La desescalada no solo significa que tendremos cada vez más gente de fiesta, intentando recuperar el tiempo perdido y restañando las heridas del confinamiento, que los que han podido ahorrar gastarán este verano lo que puedan, que los negocios comenzarán a respirar y que el empleo aumentará. Implica un regreso al momento en que dejamos políticamente las cosas antes de la pandemia, con el añadido de las consecuencias que está dejando el coronavirus.

La desescalada significa que ha comenzado de verdad la legislatura, y con un panorama más despejado para Sánchez que el que tenía antes del covid. En aquellas fechas, que ya casi no recordamos, el presidente compareció ante el foro de Davos para explicar su programa, desgranó sus grandes líneas, que son también las actuales, y lo hizo con éxito. Era, además, un tipo de visión alineada con la visión de la Unión Europea, y Sánchez era consciente: tanto las autoridades continentales como los grandes fondos, presentes en el evento, eran muy favorables a su perspectiva, y lo continúan siendo, como así han demostrado.

1. El problema estaba dentro

Sánchez tenía problemas, pero eran internos. Uno de ellos era su alianza con Podemos, que la derecha trató de quebrar como pieza primera para debilitar al Gobierno. Creyó en un instante, en lo más duro de la pandemia, que el trabajo estaba hecho, que a Sánchez le quedaba poco y que las elecciones tardarían un año en llegar. No fue así, y todo se resolvió del modo más favorable para el PSOE, con acuerdos parlamentarios más amplios y con la sorprendente salida del Gobierno de Iglesias.

Sánchez no solo se escapó vivo, sino que cuenta con más fuerzas: están de su lado, entre otros, la UE, los empresarios y el capital internacional

El otro era Cataluña, y con el inicio de la desescalada, Sánchez retomó el problema catalán allí donde lo había dejado. Con el triunfo arrasador de Ayuso y con el anuncio de los indultos, el PP volvió a creer que el trabajo estaba hecho: el presidente había iniciado ya su etapa de declive, había alcanzado ese punto en el que pierde la confianza social, y todo lo que hiciera a partir de entonces no iba más que a profundizar el descontento amplio sobre su persona. Una vez más, se equivocaron en su diagnóstico: tras la fallida convocatoria de Colón, el respaldo de empresarios y de la Iglesia, así como de gran parte de la sociedad catalana, a lo que se añade la sensación en el resto de España de que estamos a otras cosas, y que es hora de liquidar el 'procés' de una vez por todas, la presión insistente de la derecha se volvió contra ella. No solo se escapaba la presa, sino que además quedaba en una posición de mayor fuerza, con el respaldo de la Unión Europea, del dinero internacional, del capital nacional gracias a los fondos, y de partes importantes de la sociedad española. Y sin el problema de Iglesias y sus declaraciones.

2. Lo que esconden los indultos

Frente a esa situación, el PP, en lugar de tomar consciencia del instante, ha optado por redoblar sus esfuerzos guerreros. Hemos visto a Ayuso referirse inadecuadamente al Rey, a la extrema derecha haciendo tendencia en redes una expresión como 'Felpudo VI', a Casado criticando a los empresarios, a gentes del entorno de las derechas calificando a la CEOE de vendidos, apelando a la judicatura para que frene los indultos, y multiplicando las expresiones altisonantes. En fin, hemos visto al PP ir a la guerra de nuevo, intentando convertir una derrota política en un triunfo a través de la futura acción judicial y de la presión mediática.

Cuando las élites españolas se han puesto del lado de Sánchez, el PP no ha dado marcha atrás, y ha reaccionado criticando a las élites

Lo curioso, en esta ocasión, es que han apelado a las élites españolas, y estas les han dicho que, en realidad todo está bien, que no existe el peligro que perciben, que España no se rompe, y que su papel y su actitud deberían ser otros. El PP no ha dado marcha atrás, sino que ha redoblado su impulso, esta vez también contra las élites.

Lo que esto significa no puede pasarse por alto. El problema de fondo con los indultos es doble. Por una parte, está el hecho ineludible de que hay que dar una solución a Cataluña, y ahí los debates acerca de qué hacer, de la utilidad o no del perdón, de si se está dando un impulso al separatismo, de si rebajarán o aumentarán la tensión, suelen ser los usuales en el debate público. Pero, en realidad, lo que está en juego es otra cosa, quién va a gobernar España y quién va a gobernar Cataluña, y esa es la batalla real: nadie cree que el 'procés' pueda seguir adelante, con lo que la utilización de esas medidas, y de otras futuras, en términos tácticos es la partida real. En ese orden, el PP actúa de un modo rebelde y rabioso, como el de quien entiende que le han quitado lo que era suyo por naturaleza, el Gobierno de la nación. A Junts, los exconvergentes, o como se quieran llamar, les pasa lo mismo, y ahí reside una explicación bastante más plausible de las tensiones presentes que en los mismos indultos. En ambos lugares se están peleando agriamente por quién gobernará en el futuro, y ese es el núcleo de las disfunciones, de las hostilidades y de los brazos que no se tuercen. El refuerzo de ERC conviene al PSOE, el de los independentistas duros de Junts al PP, lo que teje intereses cruzados.

3. El futuro ideológico

Pero también hay una consecuencia ideológica de fondo, que será importante en los próximos tiempos. Los dos grandes bloques políticos contemporáneos, las dos tendencias ideológicas que dominan en Europa ya no se mueven en los términos de izquierda y derecha. En esta época de desglobalización, la primera de ellas, la que está en los gobiernos, trata de defender lo que pueda del 'statu quo' de la época global, aboga por el liberalismo político y económico (este más neoliberal que liberal) por el cosmopolitismo, la apertura cultural, el comercio global y el multilateralismo, y apuesta decididamente por la transformación verde y digital, y por valores como el feminismo y el respeto rotundo a los derechos LGTBI. En ese espectro están, por citar a los dos más relevantes, Macron y Merkel y, desde luego, Sánchez. Esa es la esencia de su programa, como ha descrito en muchas ocasiones, incluida su intervención en Davos.

El otro bloque desafía el 'statu quo', es más neoliberal, tiende a debilitar las instituciones para concentrar poder, es culturalmente conservador, cuenta con lazos religiosos (católicos, protestantes o evangélicos), aboga por otras relaciones internacionales, son nacionalistas y cuentan con rasgos proteccionistas. En lo social, tienden a favorecer a sus nacionales mediante la defensa contra la inmigración y con la articulación de ayudas estatales, en general ligadas a la natalidad, como en Polonia o en Hungría. En ese espectro se mueven las derechas populistas de Europa occidental.

Es probable que la decisión final responda más a la coyuntura que a la ideología: si Sánchez logra que su éxito perdure, el PP girará hacia Ayuso

Estos son los bloques políticos que, con sus matices locales, dominan en Europa. Por lo tanto, ya no se trata tanto de derecha e izquierda, y no solo porque los representantes de una y otra tendencia puedan ostentar siglas progresistas o conservadoras indistintamente, sino porque se trata de dos visiones del mundo que responden a los desafíos de esta época desde el punto de vista territorial. Estas son las dos fuerzas dominantes en Europa de momento, y las variaciones que podamos ver en un tiempo breve, que existirán, se tejerán con estos mimbres. Mientras no surjan otras ideas, estas son las que se despliegan en Europa, que va por detrás de iniciativas como la estadounidense.

En el lado español, el PP tiene que decidir dónde situarse en este reparto de fuerzas, y no lo tiene claro, porque sus dos almas, la de Ayuso, que es la de Abascal, tira hacia un lado, y algunos barones populares empujan en la dirección contraria. Es probable que la decisión final responda más a la coyuntura que a la ideología: si Sánchez logra que su éxito perdure, lo que no será fácil, porque tiene que afrontar serios desafíos, y resaltemos aquí que el económico va a ser muy importante, el PP girará hacia el lado de Ayuso; si en un tiempo razonable las cosas le van mal al PSOE, será el momento de que los populares se moderen. Lo cual no es fácil, porque da la sensación de que Sánchez puede durar y de que este PP es más un partido de guerreros a los que el cuerpo les pide permanentemente batalla. La actitud de Ayuso, reivindicándose líder nacional y oposición a Sánchez y la del mismo PP, ausentándose con Vox del homenaje a las víctimas del terrorismo señalan claramente hacia qué lado se está decantando la pelea interna.

La desescalada no solo significa que tendremos cada vez más gente de fiesta, intentando recuperar el tiempo perdido y restañando las heridas del confinamiento, que los que han podido ahorrar gastarán este verano lo que puedan, que los negocios comenzarán a respirar y que el empleo aumentará. Implica un regreso al momento en que dejamos políticamente las cosas antes de la pandemia, con el añadido de las consecuencias que está dejando el coronavirus.

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