El regreso de Aznar por la puerta de atrás y la España política del futuro
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Esteban Hernández

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El regreso de Aznar por la puerta de atrás y la España política del futuro

Las elecciones de Madrid constituyen un microcosmos tremendamente revelador acerca de las tendencias políticas que se están conformando en nuestro país

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Aznar, votando en Pozuelo en 2019.

Madrid es un microcosmos que muestra a la perfección el momento involucionista que vive la política española. Parece todo lo contrario, ya que los movimientos se suceden con rapidez, partidos que viven momentos de ebullición caen rápido electoralmente, formaciones que estaban en declive resurgen con fuerza, y aparecen nuevos desafíos en el horizonte ideológico. Pero tanta efervescencia solo oculta una extraña querencia, la de buscar soluciones a los nuevos problemas mediante una particular invocación del pasado.

1. La innovación, según Más Madrid

En este sentido, el ejemplo de Más Madrid resulta muy pertinente, porque es un partido nuevo de verdad. No en el sentido de que su creación sea reciente, sino por el hecho de que está anclado en una nueva clase social a la que representa fielmente. Forma eso que se ha dado en llamar burguesía bohemia, hijos de las clases medias y medias altas, vinculados a sectores profesionales, universitarios y creativos, que propugnan otra forma de vida y que, por tanto, promueven valores distintos.

Más Madrid sería un buen ejemplo de cómo la sociedad se transforma, de cómo aparecen nuevas inquietudes que se concretan en programas políticos novedosos. Ese aire ecológico, la propuesta de un mundo más abierto y los vínculos con lo moderno les convierte, al menos en teoría, en una expresión capitalina de tendencias europeas ascendentes, como la de los verdes alemanes.

Su propaganda electoral refleja bien a sus votantes: si se llamase Más Madrid Central, su ideología quedaría mejor sintetizada

Sin embargo, si descendemos a lo concreto, a sus ideas respecto de Madrid, se percibe una mezcla de elementos de coyuntura electoral lógica, como la pandemia y su repercusión sanitaria, con una llamativa idea de ciudad. Su propaganda electoral (el cocido de la abuela, la noche madrileña, el aire urbanita, el impulso ecológico) refleja con bastante precisión cuál es el humor social que conforma el partido: en realidad, si se llamase Más Madrid Central, su posición estaría mejor sintetizada.

Entendamos qué trae de nuevo MM. En un escenario en el que las clases medias altas españolas estaban inmersas en una aspiración continua a la modernidad que se cifraba en locales estilizados para el 'afterwork', en restaurantes con cocineros estrella, en nuevas texturas, en viajes a lugares exclusivos, en chalés de ángulos inusuales, en urbanizaciones cerradas. Eran signos de distinción que ejercieron un efecto imitativo que dio lugar, un peldaño social más abajo, al Madrid de las piscinas, pero también un efecto de rechazo que se concretó en barrios del centro de Madrid. Allí se fueron a vivir jóvenes que buscaban un ambiente abierto y multicultural, más creativos, y donde se reprodujeron viejas estructuras comerciales, con pequeños negocios de ropa, de madalenas, de diseño, de ocio, a menudo con aire 'vintage'. Entonces descubrieron que lo que de verdad les gustaba eran los bares de viejo, el cocido de la abuela y esa sensación de familiaridad de los viejos barrios, esos en los que no quedabas con los amigos, sino que te los encontrabas por la calle o les ibas a buscar a casa. Esa vida suponía la reivindicación de otra sociabilidad, pero también de cierta nostalgia, de deseo de raíces en un mundo sin ellas, ahora reconstruidas mediante la memoria, la calidez del entorno, de lo bonito que era el mundo cuando éramos niños.

Por decirlo con otras palabras, el partido se construyó a partir de elementos sociales que habían quedado apartados, que se tenían por desgastados, que eran relegados por la época. Ellos los retomaron, les dotaron de otra expresión y los convirtieron en novedosos. La tesis sobre la innovación del crítico artístico Boris Groys, según la cual lo nuevo aparece cuando se recuperan aspectos deteriorados, olvidados, carentes de todo valor, y se reactualizan hasta convertirlos en novedosos, parece pensada para definir Más Madrid. Ese mundo ideal, con bicicletas, con materias primas ecológicas y sanas, con barrios en los que la gente se parece y el aire es más puro, proviene de la reconstrucción moderna y un punto nostálgica de lo olvidado, de lo que una vez fueron los barrios.

2. Clase obrera, clase antifa

Sería un error entender este momento como exclusivo de Más Madrid. La reactualización mediante el regreso de elementos desgastados es una constante en la política española. A Podemos le ha ocurrido igual, desde sus mismos inicios, en los que, tras un breve momento en que la casta nucleaba su discurso, colocaron en el centro del debate el franquismo, una Transición mal cerrada, el régimen del 78, el poder constituyente y demás. Su aportación a la política consistió, en gran medida, en introducir la reevaluación del pasado, porque solo desde ahí, afirmaban, se podía construir otro futuro. Todo ese discurso no se ha marchado, sino que ha ido rebajándose; después de cambiar el régimen del 78, se pasó a querer sacar al PP del Gobierno, después a impedir que la derecha de Colón triunfase, y ahora el objetivo es parar el fascismo.

El enemigo de la izquierda solía ser el neoliberalismo y no el franquismo, pero ha girado hacia los discursos de la Transición

En Madrid, Podemos tiene un problema añadido, porque la secesión de Carmena y Errejón se llevó a parte de sus votantes, los que pertenecían a la burguesía bohemia, con lo que han tenido que reducir su discurso a la defensa de las clases populares. Pero para apelar a ellas, más que hablar de la falta de recursos o de sus problemas cotidianos, han elegido una suerte de configuración ontológica que hace de la clase obrera un bastión antifa. El antifascismo era un elemento desgastado, marginal en las últimas décadas, ya que el enemigo de la izquierda era el neoliberalismo y no el franquismo, pero ahora han girado otra vez hacia los elementos discursivos de la Transición. Hay que parar a los fascistas y esa tarea pertenece a los barrios obreros: por eso Iglesias va a Vallecas, luce Fariña en el pecho, visita el tejido asociativo y utiliza el ‘No pasarán’ y el ‘Porque fueron, somos’. De nuevo, el pasado ahoga el presente.

3. El mundo se ha salido de madre

Esta reinvención de la política mediante lo raído ha penetrado en todas partes, también en la derecha. Vox es un buen ejemplo, ya que ha traído a escena todo aquello que había sido despreciado por su estrato ideológico: su opción, que pasa por los lazos con el catolicismo tradicionalista, por el liberalismo económico fuerte, la defensa radical y agresiva de una España unida y centralista (y de instituciones como la monarquía), había sido utilizada a conveniencia por el partido en el que se integraban, el PP: la agitaba cuando estaba en la oposición y la escondía cuando estaba en el Gobierno. Abascal y los suyos, que contaban con una masa social pequeña pero relevante, decidieron ir por su cuenta gracias al auge de la derecha populista en Occidente, que les ofreció el momento y el empuje precisos para poner en marcha su franquicia.

Vox eligió recuperar todo aquello que había sido seña de identidad de la derecha extraparlamentaria desde los años ochenta

El problema era cómo extender esa parcela de la política española más allá de su espacio electoral y convertirse en un grupo influyente. El empuje exterior ayudó, pero la manera de tejer el populismo de derechas fue muy distinta de gran parte de la tendencia dominante en Occidente. El caso de Le Pen muestra las diferencias de una manera clara: mientras la líder de Rassemblement National (entonces Frente Nacional) jugó la baza antieuropea, se apoyó en sectores deteriorados de la población francesa, puso el acento en el mundo rural y jugó la carta de un Estado fuerte y protector, Vox eligió recuperar todo aquello que había sido seña de identidad de la derecha que había quedado fuera del Parlamento tras la Transición: regresaron simbologías preconstitucionales y actitudes y propuestas políticas típicas de la derecha de finales de los setenta. Su vuelta de tuerca para constituir una derecha moderna fue coger todo aquello que ya estaba olvidado, toda aquella retórica de la Transición, y darle un nuevo sentido.

El mecanismo que utilizaron fue llamativo, porque su apuesta no consistió en proponer un decidido regreso a la España del pasado, sino en defender la del presente de los excesos de las izquierdas. El núcleo que les permitió poner sus ideas sobre la mesa estaba conformado por este recurso: las autonomías habían ido demasiado lejos, las feministas, los inmigrantes, Podemos, todo se había salido de madre; existía una suerte de mundo desbocado que exigía orden. Por eso subían electoralmente en aquellos momentos, como el 1-O, en que las amenazas estaban más presentes, y por eso empezaron su campaña madrileña en Vallecas: son el partido que sufre los excesos y el que se enfrenta a ellos, y por lo tanto, el que mejor puede defender a la gente de bien; sus ideas son razonables, son los demás quienes exhiben tendencias totalitarias. Es cierto que se trata de un discurso que solo ha calado en su estrato ideológico, y por eso sufren electoralmente cuando el PP juega las mismas bazas. Pero más allá de la suerte que corran en las elecciones, reencontramos en Vox la misma reactualización de lo desgastado.

4. Aznar y la rebeldía institucional

Esa misma reinvención de viejas tendencias aparece en Díaz Ayuso. Su opción política no es otra que la del neoliberalismo a lo Bush Jr., es decir, a lo Aznar, pero traído a estos tiempos. Sin embargo, mucho más que en sus propuestas políticas, que apenas se diferencian de las que esa corriente del PP ha exhibido en estas últimas dos décadas, su novedad está en las formas, así como en la aplicación de otras técnicas al mismo marco. Nuevas caras, nuevas actitudes, otros modos comunicativos (de la TDT a las redes), idéntico trasfondo.

En cuanto a lo ideológico, la continuación con su línea familiar es expresa: bajada de impuestos, menor peso del Estado y menos presencia institucional en la vida privada, más libre mercado y más subcontratas, lo mismo que llevan defendiendo durante 20 años. Los cambios están en otro lado: su readaptación tiene que ver con la recuperación de lo que el PP había intentado dejar atrás en la época de Rajoy. Por eso las estrategias del PP de Casado, y más todavía las de Díaz Ayuso, en lo ideológico y en lo comunicativo son las que utilizó Aznar. El expresidente es la fuente de inspiración en muchos sentidos: Pablo Casado es hijo de la FAES, como lo es Santiago Abascal, y Ayuso es hija del aguirrismo, que fue el punto de resistencia del aznarismo frente a los tecnócratas de Soraya Sáenz de Santamaría y Rajoy. De fondo, en la Comunidad de Madrid, se perfila la silueta de Miguel Ángel Rodríguez.

El PP está legitimándose mediante el adversario y subraya únicamente los enormes riesgos que un Gobierno de los socialistas trae a España

Pero, sobre todo, el aliento de Aznar se nota en la estrategia central del PP, ya que fue el expresidente quien introdujo en España de una manera decidida la legitimación por el adversario: no se trataba de poner encima de la mesa una serie de propuestas y proyectos para el futuro, sino de subrayar los enormes riesgos que un Gobierno de los rivales traería al país. Se ponía el acento en lo catastróficos que eran los opositores políticos, y los gravísimos perjuicios que causarían si alcanzaban el poder. Ya utilizó esa técnica en su primer triunfo electoral, pero entonces el PSOE estaba dañado por escándalos varios y el mensaje no sonaba extraño. Se repitió en su relación con la oposición en 2000-2004, cuando Aznar entró en la guerra y viró de Europa hacia EEUU. Y no ha dejado de pasar desde entonces: la acción política consiste en quitar el suelo de debajo de los pies a sus rivales, en señalar todo lo negativo, en exagerar todo lo posible, en señalar a los opositores como antidemocráticos y antiespañoles. Eso fue lo que Bush Jr. hizo, y lo que Aznar trasladó aquí.

Después todo fue a peor, porque llegó Zapatero al poder, y el expresidente y sus partidarios inventaron teorías varias para justificar su salida del Gobierno; todo excepto reconocer la verdad, que las mentiras de Aznar sobre la autoría de los atentados fueron el factor clave para que la gente votase en contra del PP. Comenzó entonces una tarea de zapa continua, propagada con grandes altavoces, para restar toda legitimidad al Gobierno socialista. ZP era un presidente ilegítimo, como tantas veces ha repetido el PP acerca de Sánchez.

Díaz Ayuso convirtió la capital en un fortín de rebeldía insurgente contra el Gobierno

Y en esto ha consistido la política de Ayuso, en ofrecer nuevas expresiones al mismo proyecto: toda su acción en Madrid se entiende como oposición continua a las medidas que Sánchez iba tomando; no podía ser de otra manera, ya que el presidente era un farsante, un mentiroso y un usurpador. La guerra dialéctica sin cuartel contra Moncloa ha tenido desde el primer minuto a Madrid como ariete principal: todo lo que Sánchez proponía era negado a continuación por Díaz Ayuso. La capital se convirtió en un fortín de rebeldía institucional contra el Gobierno. Paradójicamente, ahí está la clave de su éxito; esa oposición derivada le llevó a pedir la apertura rápida de las restricciones en la época del confinamiento, y a abrir la ciudad mucho más ampliamente que el resto de España. Sus resultados, en ese sentido, han sido buenos. Era una jugada a cara o cruz, y salió cara.

Pero más allá del resultado, la acción de Díaz Ayuso, y del mismo Casado, no deja de ser la reactualización de todo aquello que parecía haberse quedado atrás en la derecha en la época de Rajoy: el aliento 'neocon', la altivez aznarista, la retórica guerrera, la continua apelación a las grandes catástrofes que suponen los adversarios ilegítimos. El pasado vuelve una vez más, como lleva tiempo ocurriendo en la política española: enfrentada a los retos del futuro, solo sabe defenderse de ellos incrementando la pasión, elevando el tono de voz, señalando a los adversarios; justo cuando los tiempos exigen hacer algo distinto, estamos inmersos en una dinámica en la que se recoge todo lo desgastado para darle un nuevo empujón.

5. El futuro de la política española

Desde esta perspectiva, desde este regreso del pasado, cabe entender mucho mejor las elecciones madrileñas y su repercusión para el futuro próximo de la política española. La política nacional está dividida en dos bloques claramente delimitados, y cada uno de ellos cuenta con tres estratos que se oponen y se complementan.

En la derecha española, conviven las tendencias tecnocrática, neoliberal y tradicionalista dura, que estaban mezcladas en el PP, pero que se han separado con la secesión de Vox. En el momento presente, el aliento tecnocrático, ese que suele conformar la derecha que llaman moderada, parece fuera de juego (aunque esté presente en algunos barones del PP, pero no en el partido en sí), y lo que resta son dos fuerzas un movimiento. Díaz Ayuso es una de ellas, que reúne el impulso 'neocon' y la vieja derecha, pero más inclinada hacia el neoliberalismo; Vox es la otra, y fusiona el neoliberalismo con la derecha tradicionalista española, pero más girada hacia esta. El escenario probable es el de un PP hegemónico en la derecha con el complemento de Vox en el extremo, pero con las ideas aznaristas dominando, de una forma u otra, en ambas formaciones.

En la izquierda, conviven el optimismo a lo Pinker de Sánchez, la burguesía bohemia de Errejón y el aliento antifascista de Iglesias

En la izquierda, también tenemos tres tendencias, y Madrid es su expresión más nítida: conviven el optimismo a lo Pinker de Sánchez (no os preocupéis, todo va a ir bien, habrá vacunas pronto, la recuperación económica será contundente, vamos a reconstruir España, que será mucho más verde, digital y tolerante), la burguesía bohemia de Errejón y la agresividad antifascista de Iglesias. Este edificio, en Madrid, lo lidera un Gabilondo que sería el candidato perfecto para Más Madrid, con su versión 'sosa' de la gestión y su actitud de "chicos, no os pelis".

6. El mal de los países decadentes

Mientras nos regocijamos con el pasado, el mundo está dando grandes saltos. Los problemas de España, que son notables, requieren de decisiones diferentes, en especial porque todo está cambiando ahí fuera. Hay tres o cuatro asuntos que nos lo subrayan de manera insistente. El primero es la pandemia, y no solo por la necesidad de que lleguen las vacunas y de tejer planes consistentes para inmunizar a la población lo antes posible, sino por todo lo que revela acerca de los errores estratégicos cometidos. Hay cambios en el horizonte para los que España debería estar organizándose ya, también en la geopolítica. El segundo es el económico, con la caída en el número de empleos, con pequeñas empresas desapareciendo, con las ciudades intermedias y las pequeñas en declive, y con la necesidad de transformar sustancialmente grandes aspectos de la economía española y europea. Este es un momento de cambio, debería serlo de nuevas ideas y de nuevos horizontes. Pero suele ocurrir: los países en decadencia tienen una extraña fijación con refugiarse en su pasado en los instantes de transformación.

Madrid es un microcosmos que muestra a la perfección el momento involucionista que vive la política española. Parece todo lo contrario, ya que los movimientos se suceden con rapidez, partidos que viven momentos de ebullición caen rápido electoralmente, formaciones que estaban en declive resurgen con fuerza, y aparecen nuevos desafíos en el horizonte ideológico. Pero tanta efervescencia solo oculta una extraña querencia, la de buscar soluciones a los nuevos problemas mediante una particular invocación del pasado.

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