La cajera más lista de Mercadona explica cuál es nuestro principal problema
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Esteban Hernández

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La cajera más lista de Mercadona explica cuál es nuestro principal problema

Dos visiones diferentes sobre lo que significa el progreso se están enfrentando en nuestras sociedades, y una de ellas subraya que nuestro futuro puede ser muy oscuro

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Imagen de archivo de cajas de un supermercado. (EFE)

Era una advertencia que su padre, para que estudiase, utilizaba con mucha frecuencia: si tus notas en matemáticas siguen siendo malas, serás la cajera más lista de Mercadona. Era, además, un lugar común entre las familias españolas, una convicción profundamente arraigada: si no estudias te va a ir mal en la vida, y lo máximo a lo que podrás aspirar será a un trabajo mal pagado. Ana Iris Simón, que siempre ha sido lista, rechazaba la presión de su padre afirmando que iba a acabar cobrando lo mismo como periodista, y tenía bastante razón.

Simón narra esa experiencia en su epílogo a 'Vidas low cost. Ser joven entre dos crisis', una obra colectiva editada por Catarata y Fundación 1º de Mayo, coordinada por Javier Pueyo, acerca de la juventud 'millennial' y su situación. Los datos y las reflexiones que aparecen en él nos hablan de situaciones conocidas acerca de la rotura de la escalera de ascenso social, de la inestabilidad y de la precariedad como esencia vital, de las negras perspectivas de futuro.

De qué va el progreso, si no

La experiencia descrita le sirve a la autora como relato vertebrador no solo de la constatación de que su vida es como la de la mayor parte de su generación, sino para certificar una pérdida, la del porvenir. Ana Iris pregunta de qué va el progreso, y es una pregunta enormemente pertinente, porque en ella se juega el futuro de Occidente. Sus abuelos eran feriantes y campesinos; sus padres, siendo de clase obrera, pudieron tener casa y coche en propiedad cuando decidieron vivir juntos; a ella le correspondía ir a la universidad y seguir avanzando en el nivel de vida. Eso era el progreso, porque si no de qué iba.

Creen que vivir en un piso compartido es ampliar experiencias y tener que marcharse de España significa hacer del mundo un crisol

Le sirve también para dar un guantazo dialéctico a algunos de sus amigos universitarios, que utilizan un lenguaje extraño para la mayoría de la gente. Hay una referencia expresa a Errejón, y es normal, porque en un instante, por suerte ya casi desaparecido, se debía disponer de un diccionario 'errejoner/español' para traducir a términos comprensibles aquello que tuiteaban o que explicaban en sus artículos.

Ella respondía reprochándoselo con soberbia y altivez, lo que también era normal, porque era un signo de orgullo de clase, algo así como: os creéis superiores por utilizar esos términos y la realidad es que, como nadie os entiende, no sirven de nada. En realidad, también podría haberles señalado que se creían que habían ascendido de clase social por haber ido a la universidad y por utilizar conceptos complejos, pero su realidad era que tenían trabajos mal pagados y, por tanto, estaban descendiendo en la escalera social.

Su confesada altivez le permite darse cuenta del engaño de fondo, en el que su generación, y varias otras, siguen desenvolviéndose: creen que vivir en un piso compartido es ampliar experiencias, tener que marcharse de España significa hacer del mundo un crisol, que una suscripción a Netflix y recibir paquetes al día siguiente de encargarlos era un aumento en su nivel de vida, y que eso era mucho mejor que la miseria cultural y vital de las generaciones anteriores. Tienen otra mentalidad, otra visión del mundo, otra actitud hacia la vida, han progresado. La autora cree que todo ese tipo de cosas están muy bien, pero que no dejan de ser una estafa. Es una percepción similar a las de sus compañeros universitarios, porque tales comodidades encubren la ausencia de futuro.

Las dos versiones

Esas dos ideas de progreso, la que lo percibe como un avance en las condiciones materiales y la que pone el acento en el avance en las mentalidades y en las comodidades, han estado en el centro de las discusiones políticas de la izquierda desde hace algún tiempo. Unos reprochan a otros olvidarse las condiciones de patriarcado, racismo y homofobia en la que las viejas generaciones prosperaron, y otras, como Ana Iris, ponen de manifiesto que esta sociedad abierta, cómoda y digital no es más que una forma de mantener contentos a los primos a los que engañan.

A partir de aquí, aparecen las acusaciones cruzadas, unos señalan como filofascistas a quienes desean algo de seguridad y estabilidad, como si en el fondo lo que pretendieran fuese defender el racismo y el patriarcado, y los otros insisten en que los acusadores no son más que los tontos útiles del neoliberalismo.

Si eres de clase obrera, o de clase media sin más, el destino es ser el periodista más preparado del 'clickbait' o el camarero con más másteres del bar

Pero más allá de las cuitas de la izquierda, solventadas a menudo mediante la crítica de la nostalgia, la cuestión de fondo sigue ahí: mientras en cuestiones culturales y en las comodidades tecnológicas el avance ha sido grande, en los elementos materiales el retroceso ha sido enorme, de modo que quizá convendría, y dado que el sistema en el que vivimos se llama capitalismo, y no de otro modo, reparar en lo que va a peor.

Cuándo funciona la educación

En esta época se unen dos problemas. Por una parte, los salarios, y la juventud lo nota de forma especial, dan para muy poco, y, por la otra, la vía típica de mejora social, como la educación, sirve de mucho menos. Hay mucha gente con título trabajando en empleos por debajo de su cualificación y mucha gente con una ocupación que precisa de título universitario, pero cuya retribución es escasa.

La educación funciona muy bien para conseguir un buen empleo si eres de clase alta o media alta, si se pueden cursar los estudios en universidades prestigiosas, costearse másteres caros y estancias en el extranjero y entablar vínculos con otras personas de ese mismo estrato social, que son las que servirán de trampolín laboral. Si no es así, se puede tener suerte, ser muy bueno o muy hábil, pero, salvo eso, el destino laboral no será muy satisfactorio. Es decir, si eres de clase trabajadora o de clase media sin más, el destino más probable es ser la cajera más lista del Mercadona, el repartidor con más títulos de Glovo, el periodista más preparado del 'clickbait', el camarero con más másteres del bar.

Esa opción tiene sentido si se considera que España debe especializarse en formar mano de obra para trabajar en empresas de otros países

Conviene, pues, retomar esta versión del progreso, no porque sea excluyente de la anterior, sino porque es imprescindible para construir una sociedad que sea mínimamente digna. Y transformar esta situación requiere otra mentalidad y mucha energía. En primer lugar, porque las rentas del trabajo cada vez cuentan menos que las del capital para que el recorrido vital no esté tejido de angustia por el futuro y, en segundo, porque la solución que nos ofrecen para mejorar esta situación es poco relevante: la educación, la reinvención de sí, la adaptabilidad y demás ya solo son eficaces para una parte cada vez más pequeña de la población.

Es extraño, pues, que se insista en la educación como pilar del futuro, como elemento central de esta reconversión que estamos sufriendo a consecuencia de las grandes inversiones realizadas en el ámbito digital y en el verde. Un ejemplo bastará para entenderlo: si solo hay 10 puestos de trabajo disponibles y 100 aspirantes, se contratará a los que tienen mejores relaciones y a los tres o cuatro que estén especialmente cualificados, pero los 90 restantes seguirán en la calle.

Formar más a la gente no sirve de nada si no hay empleo primero. Esta debería ser la obsesión de los gobernantes españoles y europeos, porque esto es lo que generaría progreso. Si, además, la forma de gestionar la economía favoreciese a la gente común, a los trabajadores, a los autónomos, a quienes tienen pequeños negocios, en lugar de seguir anclada en la financiarización, las cosas serían muy diferentes. Si en lugar de poner el acento en la economía política seguimos pensando en la educación como solución mágica, no haremos más que empeorar las cosas.

Esa opción tiene sentido si se considera que España debe especializarse en formar mano de obra para que salga a trabajar, con menos coste, a empresas de otros países; o si se desea que esté dividida entre un porcentaje pequeño de personas con futuro y un montón de derrotados. Las ciudades pequeñas y las intermedias son un buen ejemplo de lo que espera a España en sí misma si confía todo su futuro a las reformas del mercado laboral y al esfuerzo educativo. La cajera más lista de Mercadona nos lo recuerda, y deberíamos agradecérselo.

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