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Sánchez no insulta, pero sí ofende
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José Antonio Zarzalejos

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Sánchez no insulta, pero sí ofende

Al denunciar compungidamente los insultos, Sánchez consigue dos efectos: ocultar sus ofensas y practicar la peor ideología de la víctima, ambos recursos que la oposición no sabe contrarrestar

Foto: Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
Pedro Sánchez. (Europa Press/Eduardo Parra)
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Sánchez se ha dolido amargamente —sí, el presidente del Gobierno tiene sentimientos compungidos— de los insultos que sus adversarios y periodistas le profieren. Tiene razón. La dialéctica política es, debe ser, vigorosa, acerada, pero no injuriosa. El insulto es procaz, directo y obvio y denota una grave carencia de vocabulario y de habilidad para el retruécano, la metáfora, la elipsis y los sinónimos. Y, además, el improperio es fruto de la ira. En su ensayo sobre esta convulsión emocional, Séneca la tildó de "enajenación transitoria", un descontrol del juicio. Nada bueno dice del que insulta y mucho de aquel que —siguiendo también a otros estoicos— no se siente dañado por la descalificación porque, efectivamente, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

Ocurre, sin embargo, que Pedro Sánchez no insulta, pero sí ofende. Para ofender no es necesario ni siquiera emitir palabra alguna. Veamos ejemplos: carcajearse del líder de la oposición en la tribuna del Congreso de los Diputados es ofensivo porque afecta a la dignidad del sometido a esa forma de ironía vitriólica. Mucho más ofensivo es no guardar la urbanidad —a cuya falta alude disgustado el líder socialista— de contestar, siguiendo una inveterada tradición parlamentaria, al discurso del presidente del PP en su debate de investidura. Alcanza mayores cotas de ofensa que la respuesta se delegue en un diputado que sí insulta, una mediación que es un modo especialmente torticero de indignidad.

Es ofensivo que se pacte con un partido como EH Bildu, con exterroristas en sus listas y que no condena la violencia, después de haber repetido hasta la saciedad que no se haría; mucho más cuando Sánchez se ha vanagloriado hace poco más de un mes de haber facilitado la alcaldía de Pamplona a Unión del Pueblo Navarro (primera fuerza política en la ciudad) y a semanas de que su ministra de Seguridad Social, la navarra Elma Saiz, cuando era edil pamplonesa, haya desgranado en público y ante los medios de comunicación más de media docena de razones por las que el PSN no votaría nunca al candidato abertzale como alcalde de la capital de la comunidad foral. Ofende, igualmente, en particular a las víctimas de ETA, que un ministro del Gobierno —el tabernario Óscar Puente— califique de progresista a la coalición de Otegi, un tipo que aún tiene cuentas con la justicia.

Vayamos a otros comportamientos ofensivos porque, lejos de ser normales en política, por líquida y volátil que sea, demuestran sin palabras desprecio, desaire y desconsideración hacia la sociedad y las instituciones. Me refiero, claro está, a la negociación del Gobierno de España con un prófugo de la justicia y fuera del territorio nacional, luego de la visita reverencial, igualmente ofensiva, de la vicepresidenta Díaz al presunto delincuente Carles Puigdemont. Es ofensivo hacer de "la necesidad virtud" (¿qué necesidad?, ¿qué virtud? Las de Sánchez, obviamente) para desdecirse, en horas, de un largo rosario de negativas a una amnistía política que ahora se asume como pago por seguir en el poder y que pasa de ser inconstitucional a ser intachable por mera conveniencia. Y no solo: es hiriente atribuir al partido del prófugo connotaciones también progresistas cuando, en realidad, representa a una organización reaccionaria que en su momento protagonizó un golpe constitucional. Sí, todo esto es ofensivo y no requiere insulto alguno.

Foto: Manifestación convocada por el PP contra la amnistía el 3 de diciembre, en Madrid. (Europa Press/Alejandro Martínez Vélez)

Pedro Sánchez, sin embargo, es hábil porque se apoya en lo obvio (el insulto) para eludir lo que no lo es tanto (la ofensa). Y así, se hace portavoz de la llamada ideología de la víctima, un modelo de actitud en política muy interesante y que ofrece réditos porque es provocativa e imposta una falsedad. En fin, no cabe mayor ofensa que, desde el poder, levantar "un muro" para dividir a la sociedad y reconocer su construcción en el mismísimo Congreso de los Diputados y estandarizar la falsedad, disfrazándola como 'cambios de opinión'.

Daniele Giglioli, un literato y periodista italiano, escribió en 2018 una obrita que es una joya para la reflexión. Se titula Crítica de la víctima (editorial Herder). Escribe: "La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable... la víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece". Y, además, "la víctima no se equivoca nunca" (página 11). Remata el autor: "En el populismo no hay amor sin enemigo, y nadie individúa un enemigo sin sentirse su víctima real o potencial" (página 31).

Si alguien no tiene la más mínima autoridad moral para quejarse de los insultos, es aquel que ofende sin palabras, pero con decisiones

La conclusión es que si alguien no tiene la más mínima autoridad moral en el ámbito político para quejarse de los insultos que recibe, es aquel que ofende sin palabras, pero con decisiones, y que como el presidente del Gobierno compone levemente el rostro como si estuviese adolorido, ensayando una y otra vez una representación victimista en absoluto convincente. En particular, cuando carga con reiteración su discurso con la referencia a "la derecha y la ultraderecha", teniendo él tan amistosamente avenidos a los peores radicalismos políticos. Sus keywords —las palabras claves en el buscador de sus discursos— son ofensivas porque, simplemente, se emiten al modo del calamar con su tinta. De estas estrategias, y leyendo a los estoicos (además de a Séneca, a Epicteto y a Marco Aurelio) debe aprender la oposición a manejar a este trujimán de la política.

¡Feliz 2024!

Sánchez se ha dolido amargamente —sí, el presidente del Gobierno tiene sentimientos compungidos— de los insultos que sus adversarios y periodistas le profieren. Tiene razón. La dialéctica política es, debe ser, vigorosa, acerada, pero no injuriosa. El insulto es procaz, directo y obvio y denota una grave carencia de vocabulario y de habilidad para el retruécano, la metáfora, la elipsis y los sinónimos. Y, además, el improperio es fruto de la ira. En su ensayo sobre esta convulsión emocional, Séneca la tildó de "enajenación transitoria", un descontrol del juicio. Nada bueno dice del que insulta y mucho de aquel que —siguiendo también a otros estoicos— no se siente dañado por la descalificación porque, efectivamente, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

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