La trampa con la que cazan a las pymes: por qué se premia a los peores
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Esteban Hernández

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La trampa con la que cazan a las pymes: por qué se premia a los peores

España tendría que meter mucho más dinero en su economía para ayudar a los sectores más productivos. Pero no tiene, y es por la misma razón por la que les va mal a las pymes

placeholder Foto: Protestas de la hostelería en Valencia. (EFE)
Protestas de la hostelería en Valencia. (EFE)

Las cifras de la pandemia han empeorado de una manera realmente preocupante, por lo que se han puesto en marcha ya medidas de movilidad mucho más restrictivas. Las resistencias por parte de varios gobiernos, del central y algunos locales, a que volvamos al confinamiento parecen anclarse en motivos económicos mucho más que en los epidemiológicos. Desde esa perspectiva, que no es la más importante pero tiene un gran peso, los cierres implicarían otro parón en la actividad económica, en un instante en que muchos negocios atraviesan una mala situación y en que muchas personas con dificultades para llegar a final de mes tendrían que soportar cargas que no podrían afrontar.

Los nuevos confinamientos, para que fueran efectivos y soportables, tendrían que acompañarse de ayudas del Estado, similares a las que ha puesto en marcha Alemania, y lo cierto es que España apenas tiene capacidad de maniobra en ese sentido: conllevarían un mayor endeudamiento cuando la deuda pública está ya en niveles elevados. A pesar de todo, hay quienes señalan que este aspecto es ahora irrelevante, y que es el momento de endeudarse, de las ayudas directas, de meter dinero en la economía para poder salvarla. El gobernador del Banco de España, Hernández de Cos, es uno de ellos. Suena bien, como si hubiera entendido la gravedad del momento, y con ella la necesidad de un soporte sólido para la economía y para la sociedad, lo que le habría llevado a introducir modificaciones en su perspectiva económica.

1. Coge lo que quieras

No es así. Muchas de esas demandas, y ocurre con Hernández de Cos, se parecen mucho a las de los comerciales de los bancos que concedían toda clase de hipotecas antes de la crisis. Compra la casa, es una inversión, nosotros te facilitamos el dinero que necesites y sin hacer preguntas. El problema es lo que viene después, porque son esas mismas personas las que insisten en que este momento es puntual, y para 2022 deberíamos regresar a las políticas de rebajar endeudamiento, de la austeridad, de seguir perdiendo nivel de vida para pagar las deudas. En síntesis, es como si dijeran, coge ahora lo que quieras, que lo pagarás caro después; es mucho más una trampa envuelta en gesto amable que una oferta de ayuda.

La crisis del coronavirus ha revestido las ideas de siempre con el lenguaje de la urgencia

Una cuestión es que convenga en general meter dinero en nuestra economía, lo cual es indudable, y otra las condiciones en que se va a realizar esa acción. Posturas como las señaladas son equivalentes a aquellas que pedían un paréntesis en la economía de mercado en la crisis de 2008, una expresión con la que se quería decir que había que salvar los bancos y las grandes empresas en dificultades, y que luego lo pagasen los ciudadanos. Es obvio que el momento sanitario terminará definiendo nuestro futuro cercano, y si la pandemia sigue haciendo estragos, tendremos que tomar medidas más duras, incluidos confinamientos, a pesar del coste que tengan, pero conviene poner encima de la mesa cómo la crisis del coronavirus no ha hecho más que revestir con el lenguaje de la urgencia las ideas de siempre, esas que conforman nuestro mundo, aun cuando su sentido nos pase desapercibido en primera instancia.

Así ha ocurrido con el dinero invertido en la recuperación, puro efecto Mateo. En Occidente, ha ido a parar a la parte de arriba de la escala empresarial, a asegurar la cotización de las acciones, el mercado de bonos, la rentabilidad para los accionistas y la dimensión financiera de la economía. Como ya hemos señalado, quienes trabajan en la economía real han tenido mucha menos suerte: han sufrido grandes dificultades para que les fuera concedido un crédito ICO, para cobrar los ERTE o para recibir el ingreso mínimo vital, y eso los afortunados que lo conseguían. La tramitación, el papeleo, la burocracia eran misteriosamente inmensos, lo que ha hecho que mucha gente se haya quedado sin ayudas. Por el lado de arriba, han tenido muchos menos problemas; de hecho, ni siquiera necesitaban que las ayudas se concretasen, solo con el anuncio del respaldo de los bancos centrales les bastaba, ya que sus bonos eran inmediatamente adquiridos. Un par de ejemplos del ámbito estadounidense, pero que han sido muy frecuentes en Occidente: Apple Inc. emitió bonos para financiar dividendos y recompras de acciones. Sysco, una gran empresa dedicada a la comercialización y distribución de productos alimenticios, emitió 4.000 millones de deuda y después despidió a 20.000 trabajadores, un tercio de su plantilla, y anunció el pago de dividendos.

Esta bifurcación, esta salida por caminos distintos de la pandemia, tejida desde los planes de recuperación, debe ser entendida en el contexto estructural. Desde ese punto de vista, podremos comprender por qué España tiene tan escaso margen de maniobra y por qué las pymes salen perdiendo.

2. Las pymes sobran

Parece de sentido común que España inyecte dinero en nuestra economía para apoyar a los más dañados, a quienes más trabajo aportan y a quienes están más anclados en la economía real, como las pequeñas y medianas empresas, los autónomos, los trabajadores que se quedan temporalmente sin empleo y los parados que ven todavía más limitada su opción de encontrar trabajo, incluidos quienes carecen, por unos motivos u otros, de prestaciones.

Sin embargo, en algunos ámbitos económicos es justo ese sector el que se entiende prescindible: se ve bien que buena parte de estas empresas desaparezca. Son una diana clara de la destrucción creativa. Se afirma que aportan bajo valor añadido, que son incapaces de adaptarse a los nuevos escenarios, que su digitalización es insuficiente y su productividad escasa, y que este conjunto de factores explica por qué les va mal. De modo que una limpia que deje únicamente en pie las más fuertes sería positiva para la economía en su conjunto. Sería el momento de dejarlas caer y, de este modo, iniciar una reconversión. No parece haber nadie, más allá de las propias pymes y sus trabajadores, interesado en saber qué se puede hacer con ellas, y cómo fortalecerlas en lugar de destruirlas.

Lo que se está haciendo con las pymes, los autónomos y los trabajadores (con la economía productiva) es un error de primera magnitud

Esta convicción, arraigada entre muchos economistas, expertos del ámbito sindical y buena parte de los políticos, no es más que otro de esos aspectos en los que se pone de manifiesto la capacidad de nuestro sistema de crear disfunciones en lugar de arreglar las cosas. Lo que se está haciendo con las pymes, los autónomos y los trabajadores (con la economía productiva en general) es un error de primera magnitud. Y no se trata de analizar el asunto en términos de justicia o de redistribución, sino desde la comparación entre los presupuestos teóricos de nuestro sistema y su realización práctica. Esta clase de ideas está deteriorando a Occidente de una manera sustancial, porque los males se están creando desde dentro.

3. La gran divergencia

Bajo la denominación ‘pyme’ conviven empresas de características muy diferentes. La microempresa, por ejemplo, es un sector especial, ya que parte de ellas, como los falsos autónomos, dependen en realidad de firmas de mayor tamaño. Hay muchas otras que ofrecen sus productos o servicios a mercados muy reducidos, como son los barrios o pueblos, y su valor reside precisamente en su existencia. Tampoco poseen grandes ambiciones, salvo el hecho de que su negocio les vaya bien: es probable que una peluquería de barrio quiera ganar más dinero, pero mucho menos que sus propietarios quieran crear una franquicia (y si quisieran, no accederían al dinero, pero esa es otra historia). El bar querrá aumentar sus beneficios, e incluso sus dueños aspirarán a montar algún local más, pero su capacidad de acción no va mucho más allá. Son negocios pensados para una funcionalidad, y si se cumple satisfactoriamente, todos contentos.

El difícil acceso al crédito y el coste que pagan por él tienen una importancia decisiva en la subsistencia de las pequeñas y medianas empresas

Esta perspectiva es compartida por otras pymes de mayor tamaño, mientras que algunas de ellas sí tienen en mente un desarrollo mayor (o están obligadas a ello). Unas y otras, como parte del mismo sector, están viviendo un mal momento, y no solo por la crisis del covid-19. Llevan tiempo sufriendo dificultades, y no por una mala gestión, por su escasa productividad o alguna de esas explicaciones usuales. Hay un factor estructural, como es su difícil acceso al crédito y el coste que pagan por él, que tiene una importancia mucho más decisiva de lo que parece.

Lo cuentan Joseph Baines, del King’s College, y Sandy Brian Hager, de la Universidad de Londres, en el ‘paper’ ‘The Great Debt Divergence and its Implications for the Covid-19 Crisis: Mapping Corporate Leverage as Power’. Según los autores, “en términos relativos, el coste de los préstamos para las empresas más pequeñas es considerablemente más alto que para las empresas medianas y grandes, lo que las coloca en una desventaja considerable. Para las grandes empresas, el círculo es virtuoso: los márgenes de beneficio altos y estables validan las tasas de interés bajas, con lo cual continúan con el endeudamiento y el apalancamiento”.

Mientras las grandes firmas se han dedicado a reducir costes e inversión para distribuir rentas, las pymes tienen que expandir su capacidad productiva

Las grandes y las pequeñas empresas, afirman Baines y Hager, están alineadas con el objetivo de distribuir ganancias a los accionistas, pero con una diferencia. Mientras las grandes corporaciones se han dedicado a reducir costes e inversión para distribuir rentas, las pymes tratan también de expandir su capacidad productiva. Independientemente de su tamaño, todas las empresas están sujetas a presiones competitivas de los mercados financieros para mantener rendimientos decentes para sus accionistas, pero las pymes deben realizar una tarea más, porque deben mantener su músculo productivo, para lo que suelen necesitar capital con frecuencia.

La consecuencia de esta separación ha sido la siguiente: “Las presiones competitivas significan que las pequeñas empresas están aún más presionadas por el doble imperativo de satisfacer a los accionistas e invertir en capacidad productiva. Estas fuerzas se combinan para empujar a las pequeñas empresas a registrar consistentemente pérdidas severas, expresadas en márgenes de utilidad neta, desde principios de la década de 1980. En el mismo periodo, las grandes empresas han disfrutado de una combinación de apalancamiento creciente, tasas de interés efectivas en rápida caída y gastos por intereses decrecientes. Las grandes empresas han podido utilizar el apalancamiento para reforzar su dominio en los mercados financieros a través de enormes pagos a los accionistas, al tiempo que reducen su inversión productiva”.

Las pymes, por el contrario, viven en un mundo donde sí hay competencia, con lo que se ven obligadas a gastar con mucha frecuencia

En ese terreno, las grandes empresas que cuentan con el tamaño necesario tienen un acceso más sencillo y más barato a los créditos, pueden con ello disuadir a los posibles competidores que pretenden entrar a su mercado y pueden además coordinarse con otras firmas de su sector. Las pymes, por el contrario, viven en un mundo donde sí hay competencia, de otros sectores y de otros territorios, con lo que se ven obligadas a invertir con frecuencia, ya sea para crecer, para innovar o simplemente para no perder su posición. Y, al mismo tiempo, “tienen que apaciguar a los accionistas, que exigen continuamente mayores rendimientos de sus propias inversiones”. O a los acreedores, que es lo más frecuente.

En resumen, y traduciendo todo esto a términos más sencillos y comprensibles, si una empresa tiene el tamaño suficiente y ha concentrado su sector para impedir la entrada de nuevos jugadores, y por lo tanto ya puede dedicarse a repartir dinero a los accionistas sin necesidad de tener en cuenta ni la inversión productiva, ni la innovación ni el resto de elementos ligados a una empresa real, conseguirá dinero mucho más barato. Por el contrario, si además de remunerar a sus accionistas, tiene que invertir para que sus productos o servicios sean mejores, para mantener a sus clientes, para contar con más talento o para fomentar la innovación, será penalizada con créditos más caros y exigencia de mayores beneficios. Parece absurdo: tendría que ser al revés, que las empresas más centradas en su capacidad productiva, en sus servicios, en sus productos y en su futuro, dispusieran de un camino más sencillo que aquellas interesadas únicamente en derivar recursos hacia los rentistas, pero nuestro mundo no funciona así.

4. La falsa competencia

Puede argumentarse que este hecho viene causado por la posición de la empresa, no por la actividad, y que una firma que está consolidada y dispone de un mercado sólido (o cautivo, como monopolios y oligopolios) es una inversión más segura, y por tanto es lógico que aparezca como mucho más confiable a los ojos de inversores y reguladores y que tenga un acceso más sencillo y menos costoso al crédito.

Tampoco es cierto. A menudo, la posición de dominio aparece como consecuencia de un acceso privilegiado al crédito y no al revés. Sin ir más lejos, empresas como Amazon, Google o Facebook llegaron a su éxito actual gracias a que tenían conexión directa con el capital, ya que podían contar una historia a Wall Street, lo que permitió que invirtieran masivamente al mismo tiempo que ofrecían pérdidas año tras año. Se consolidaron como actores dominantes gracias a esa deferencia a la hora de obtener capital, y mucho antes de que fueran empresas rentables.

Las firmas y sus accionistas actúan conjuntamente para crear empresas monopolísticas, que son las que ofrecen réditos de manera regular y segura

En segunda instancia, debe subrayarse que, como afirmaban Hilferding y Veblen, y señalan correctamente Baines y Hager, las empresas con capacidad para pedir prestado crecen más y obtienen mayores cuotas de mercado, mientras que las empresas más pequeñas sin acceso al crédito son expulsadas mediante adquisiciones o quiebras, lo que termina conformando un mercado con estructuras monopólicas y oligopólicas. Esta falsa competencia tiene mucho que ver con la acción conjunta de empresas y acreedores para conformar empresas dominantes, que les resultan especialmente interesantes, ya que permiten reducir la inversión de toda clase, aplicar precios monopólicos y asegurar elevadas y continuas ganancias.

5. La salida errónea

Incluso en el caso de que los dos aspectos anteriores no operasen, tampoco es cierto que las grandes empresas sean más fiables. Los mismos fondos de recuperación para la crisis del coronavirus que han diseñado los países occidentales lo confirman. Hay empresas grandes que, producto de esta operativa financiarizada, de centrarse en repartir dinero a los inversores en lugar de estar pendientes de desarrollar la empresa, se habían convertido en firmas muy poco rentables, cuando no directamente zombis.

La intervención de los bancos centrales y de los gobiernos occidentales ha tenido como prioridad salvar el sistema financiero del colapso, y esto ha venido a su vez en ayuda de las empresas más grandes, aquellas en la que los inversores habían colocado grandes cantidades de capital. Daba igual que fueran rentables o no, incluso que fueran zombis: se trataba de mantener las bolsas y el mercado de bonos, y que de ese modo el entorno financiero se estabilizase. Han sido cantidades enormes las que se han introducido en la economía (aunque en España mucho menos, claro está) y solo una pequeña parte de ellas ha llegado a la economía productiva, a las pymes o a los autónomos, y a menudo en condiciones gravosas.

En lugar de utilizar el poder fiscal y monetario para construir un sistema financiero más estable, se ha apuntalado un sistema muy disfuncional

Baines y Hager señalan algo cierto, que la crisis del covid-19 representa una oportunidad perdida para los responsables de la formulación de políticas económicas. En lugar de utilizar su poder fiscal y monetario para construir un sistema financiero más estable y equitativo, la apuesta ha consistido en apuntalar un sistema muy disfuncional, y EEUU ha sido el mejor ejemplo. Gracias al compromiso de la Fed de respaldar el mercado de deuda a toda costa, las corporaciones más grandes han utilizado todavía más el apalancamiento, y no para invertir en capacidad productiva o para expandir su fuerza laboral, sino con el objetivo de enriquecer a los accionistas a través de dividendos y recompras. Al mismo tiempo, las corporaciones más pequeñas, que ya estaban angustiadas antes del inicio de la pandemia, se encuentran atrapadas entre la espada y la pared. De hecho, las agencias de calificación pronostican una ola de incumplimientos.

6. España es una pyme

Los autores tienen toda la razón: este era el momento de girar hacia un tipo de economía que prestase mucha mayor atención a lo real, a las empresas productivas, a aquellas en las que vive la mayoría de la gente, pero han vuelto a hacer lo que estaba en su manual, lo que hicieron la crisis anterior (estabilizar el ámbito financiero); justo aquello que ha deteriorado nuestra sociedad. El horizonte es más concentración, más desigualdad, mayor papel de lo financiero y menor innovación, con todo lo que eso implica política y socialmente. Eso es también lo que está acabando con las pymes, y no el hecho de que su digitalización sea escasa, que su productividad sea menor y demás aspectos secundarios. El terreno de juego está inclinado y es muy difícil jugar en él.

Desde este punto de vista, podemos entender mejor las dificultades españolas, porque la misma dinámica que se desarrolla en el sector empresarial está teniendo lugar en términos territoriales. Por decirlo así, España es una pyme. Del mismo modo que estas se ven obligadas a invertir y, al mismo tiempo, a lidiar con su deuda (en general gravosa, también por las condiciones de los créditos), lo que obliga a realizar permanentes y difíciles equilibrios entre las necesidades y las obligaciones, el Gobierno español tiene que meter dinero en la economía, porque si no lo hace, y además desde una visión que favorezca lo productivo, cuando pase la pandemia habrá perdido mucho tejido económico que será muy difícil recuperar después. Pero si lo hace, se endeudará todavía más, lo que lo dejará en peores condiciones para el futuro, ya que deberá satisfacer cantidades mayores a sus acreedores, y el Estado quedará todavía más débil. Haga lo que haga, pierde. Por eso es importante generar un contexto económico diferente, de manera que se pueda optar por alguna posición ganadora. Máxime cuando, y hay que insistir repetidamente en este punto, se está premiando la economía rentista y se está penalizando la economía productiva, aquella que permite subsistir a la mayoría de la gente.

Las cifras de la pandemia han empeorado de una manera realmente preocupante, por lo que se han puesto en marcha ya medidas de movilidad mucho más restrictivas. Las resistencias por parte de varios gobiernos, del central y algunos locales, a que volvamos al confinamiento parecen anclarse en motivos económicos mucho más que en los epidemiológicos. Desde esa perspectiva, que no es la más importante pero tiene un gran peso, los cierres implicarían otro parón en la actividad económica, en un instante en que muchos negocios atraviesan una mala situación y en que muchas personas con dificultades para llegar a final de mes tendrían que soportar cargas que no podrían afrontar.

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