Sánchez carece de un programa para esta legislatura y aún menos para la próxima. Durar hasta el 27 se ha convertido en la única razón de ser de este Gobierno inoperante para todo lo que no sea afianzar su subsistencia en el corto plazo
El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez. (Europa Press/Javier Escriche)
Hay partidos que quieren votos para hacer cosas y los hay que quieren votos para disfrutarlos y exhibirlos, sin compromiso alguno con la gobernación del país o con la transformación de la realidad. En el primer caso, los votos que se demandan a los ciudadanos tienen una finalidad instrumental para quienes los emiten; en el segundo caso, son un fin en sí mismo para quienes los reciben. Vóteme para que yo tenga más votos, vienen a decir estos. Eso le ocurrió a Ciudadanos: cuando la sociedad constató que Rivera quería los votos para coleccionarlos, lo dejó caer.
De forma parecida, hay Gobiernos que necesitan tiempo para desarrollar un programa que tiene que ver con la sociedad. Y otros cuyo programa consiste únicamente en prolongar su estancia en el poder: no miden su éxito por sus realizaciones, sino por la cantidad de tiempo que son capaces de mantenerse en el Gobierno; y esa actividad -la actividad de durar- consume todas sus energías, que necesariamente deben ser muchas cuando se constata la vaciedad de su permanencia y, además, su estado de minoría social y parlamentaria.
En la noche del 23 de julio de 2023, Pedro Sánchez, perdedor de la elección, calculó que, incorporando a Puigdemont al pelotón de sus aliados, podría superar una investidura. ¡Somos más!, proclamó. Se dispuso a pagar el precio inmediato de la compraventa, que era una ley de amnistía, y se presentó en el Congreso con un programa de Gobierno que constaba de un solo punto: durar hasta el año 27.
Desde ese momento, durar hasta el 27 se ha convertido en la única razón de ser de este Gobierno inoperante para todo lo que no sea afianzar su subsistencia. El abuso y disfrute del poder fue siempre el motor del sanchismo, construido sobre la peculiar personalidad de su fundador. Pero entre toneladas de conservantes, colorantes y otras bazofias, en las legislaturas anteriores de Sánchez y su cohorte pueden hallarse trazas de un proyecto político, por muy indigesto que resultara para quienes somos partidarios -también en la política- de los productos naturales.
No es el caso de la legislatura del 23. El 100% de la actividad del Gobierno se ha consumido en estas tareas:
a) Conservar en lo posible a sus acompañantes de la investidura, lo que supone abonar una sucesión de facturas adicionales abonadas con el dinero de los españoles de hoy, con el capital de los del futuro y con jirones de la Constitución;
b) Defenderse a dentelladas de la oleada de casos de corrupción que se abate sobre los regímenes populistas degenerados, lo que conduce inexorablemente a una confrontación a vida o muerte con la Justicia independiente y la prensa libre;
c) Blindar con sectarismo de acero el muro entre los bloques políticos para hacer de la alternancia en el poder un evento traumático que justifica cualquier desafuero para evitarlo;
d) Escaquearse metódicamente de la responsabilidadasociada a las sucesivas tragedias derivadas de la decadencia del país, la división política, la descomposición institucional y la incuria de los gobernantes.
Admito que es un programa exigente, más aún si previamente has extraviado el crédito político y la autoridad moral. No hay un fundamento ideológico compartido que lo articule, ni valores comunes que lo sustenten, ni objetivos ligados al interés general que lo impulsen. Se trata de que la consigna "durar hasta el 27" realice todas esas funciones, lo que exige dotar a la fecha de un cierto carácter místico que absorba valores como la resistencia y la ferocidad, el heroísmo del caudillo, la cohesión de un ejército asediado y la firmeza frente al Maligno, representado por "la derecha y la ultraderecha". Por debajo de la mesa, un tráfico intensísimo de favores, amenazas y negocios oscuros.
Cuando se realice el balance histórico de esta legislatura, no se encontrará en ella nada productivo que se aparte de esas tareas meramente defensivas de un espacio de poder. El Gobierno está ahí para seguir estando; y sobre todo, para que no estén otros. El fetiche que condensa ese propósito se expresa en la cifra 2027, que viene a ser como los 195 metros que siguen a los 42 kilómetros de la maratón olímpica.
Comprobada la rigurosa inutilidad de los últimos 30 meses, lo racional sería poner fin al viacrucis y abrir las urnas. Es obvio que nada positivo puede esperarse del tiempo de vida que le quede a esta legislatura agonizante. Al revés, las lacras descritas tenderán inercialmente a empeorar. Pero nadie dijo que la política sea una actividad regida por la razón, especialmente cuando no lo son sus protagonistas. Llegados a este punto, para el habitante de la fortaleza la diferencia entre el año 26 y el 27 señala la frontera entre el fracaso y el triunfo.
Ni siquiera puede esperarse racionalmente que durar hasta el 27 abrirá una expectativa razonable para obtener la prórroga de una nueva legislatura en el poder. Las cosas han llegado demasiado lejos para albergar la ilusión de un milagroso vuelco electoral. Con la derecha superando de largo el 50% de intención de voto y aventajando a la izquierda en 15 puntos o más (eso se ha visto en Extremadura y se verá en Aragón, Castilla y León y Andalucía), el único consuelo que le queda al oficialismo es que Vox crezca lo suficiente para hacer la vida imposible al PP.
Así pues, a Sánchez sólo le queda actuar en el corto plazo. Ni siquiera es un pato cojo al estilo norteamericano, porque extirpó de su vehículo el pedal del freno y sólo conoce la fuga hacia delante. Está dispuesto a seguir al volante en cualquier circunstancia, sea en el Gobierno o al frente de una oposición de tierra quemada. Pero carece de un programa para el resto de esta legislatura y aún menos para la próxima. No está en condiciones de iniciar ninguna reforma a medio plazo; sabe que intentarlo sería trabajar para Feijóo, y nada más lejos de su intención. Al contrario, en esta fase terminal se trata de sembrar la herencia de trampas.
Así pues, todo lo que puede hacer es comprar a sus acreedores unos meses más en la Moncloa a precios cada vez más elevados, que aceptará con la prodigalidad de quien sabe que otro cargará con ellos; esperar algún error fatal de sus adversarios; y si es preciso, provocar en el tramo final alguna clase de crisis constitucional que sacuda el Estado y la sociedad para asegurar la elección más crispada de nuestra historia democrática.
No se obsesionen con la fecha. Sea la elección en el 26 o en el 27, lo más peligroso del sanchismo aún no ha sucedido.
Hay partidos que quieren votos para hacer cosas y los hay que quieren votos para disfrutarlos y exhibirlos, sin compromiso alguno con la gobernación del país o con la transformación de la realidad. En el primer caso, los votos que se demandan a los ciudadanos tienen una finalidad instrumental para quienes los emiten; en el segundo caso, son un fin en sí mismo para quienes los reciben. Vóteme para que yo tenga más votos, vienen a decir estos. Eso le ocurrió a Ciudadanos: cuando la sociedad constató que Rivera quería los votos para coleccionarlos, lo dejó caer.